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El día que Gramalote vio partir a sus hijos

Giovanni Lizcano Sánchez | 16 de diciembre de 2011

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Muchos de los gramaloteros se detuvieron a observar con binoculares la lenta destrucción del pueblo. El cerro La Cruz poco a poco fue arrasando con las viviendas. La impotencia y el llanto opacaron la mañana del 17 de diciembre de 2010 en Gramalote. (Foto Archivo / La Opinión)
Muchos de los gramaloteros se detuvieron a observar con binoculares la lenta destrucción del pueblo. El cerro La Cruz poco a poco fue arrasando con las viviendas. La impotencia y el llanto opacaron la mañana del 17 de diciembre de 2010 en Gramalote. (Foto Archivo / La Opinión)
Era como asistir al fin del mundo, pero en primera fila. La furia del cerro La Cruz derribaba lentamente las casas ubicadas sobre el occidente del casco urbano de Gramalote.

La escena quedó tallada en mi memoria. Ese 17 de diciembre de 2010 la montaña se dispuso a reposar sobre el suelo en el que miles de gramaloteros forjaron sus esperanzas por más de un siglo.

El hecho, que se podía divisar claramente desde el atrio de la iglesia, era una respuesta clara a la pregunta que me había hecho en las dos horas de recorrido que duró el trayecto de Cúcuta a este municipio. ¿Cómo un derrumbe que se veía desde la entrada, iba a acabar con el pueblo?, me cuestioné, luego de escuchar las hipótesis que se tejieron en la capital nortesantandereana.

Las curvas de la carretera solo dejaron ver el dolor de los propios hasta cuando estábamos a casi un kilómetro del puente que da la bienvenida a Gramalote. En ese momento el reloj marcaba cerca de las 9 de la mañana.

Un parqueadero mal distribuido, con carros atravesados a lado y lado de la vía, mostraba que poco tiempo les quedaba para salir bien librados de allí.

La mirada perdida de Antonia*, recostada sobre su puerta, desconsolada, me recibió en el pueblo. Un nudo en la garganta no la dejó hablar.

El sol que ese día cubrió con sus rayos los linderos de Gramalote generaba un ambiente pesado y efectos visuales, típicos del desierto, en muchas de las calles que con el pasar de los minutos quedaban deshabitadas.

Ingresé a una vivienda, en donde sus integrantes se paseaban de un lado a otro. Algunos con las lágrimas en los ojos y otros con las manos sosteniendo sus rostros, me expresaban el profundo dolor que la imprevista evacuación les generaba.

La decisión de evacuar se había tomado casi que obligada en la noche del 16. Luciano* fue uno de los afectados, que mientras doblaba su ropa y empacaba algunos enseres, contó que el ruido de las sirenas en la noche del 16, fue el primer aviso de las autoridades de evacuación.

Me describió este fenómeno casi como el despertar de un monstruo. La noche anterior fue muy tormentosa, pues creyeron que la montaña, en una expresión de furia, se les iba a venir encima.

Él y otros más no dudaron en decir que en Gramalote, el cerro La Cruz rugía y lloraba al mismo tiempo. Esa montaña, que queda ubicada al occidente del casco urbano, según los moradores, había empezado a deslizarse una semana atrás.

Incluso, algunos residentes de la vereda Jácome  (ubicada en esta montaña) también aseguraron que la remoción de tierra empezaron a notarla una semana antes, por la acumulación de agua de lluvia en la parte superior del cerro.

La inquietud de conocer este extraño fenómeno desde las alturas me impulsó a subir a la cima de la montaña ubicada frente al cerro La Cruz, junto con los compañeros.

Sin embargo, escenas extrañas no dejaron de presentarse en el centro del pueblo antes de iniciar el ascenso. En el atrio de la iglesia, un cúmulo de personas suspendió sus labores de evacuación.

La razón, el lento deslizamiento del cerro, que acompañado de fuertes ruidos, atrajo la atención de los habitantes, quienes no escatimaron esfuerzos para poder ver cada movimiento de la montaña.

En medio de los colchones y gallinas que adornaban las calles del casi extinto Gramalote aparecieron binoculares y otros artefactos para acercar su vista al lugar de la destrucción.

Seguimos el recorrido. La meta era llegar a la cima de la montaña ubicada frente al monstruo que se estaba ‘comiendo’ al pueblo.

El ascenso no fue nada fácil para mí. Los latidos del corazón se aceleraban con el recorrido. Sentía que algo cortaba mi respiración. Apoyado en un bastón artesanal que encontré en el suelo, logré llegar al objetivo.

A pesar de que se respiraba vida y una paz profunda, donde no se oían ni los lamentos de los desplazados por la naturaleza, la angustia de ver que la destrucción era inminente, acabó aún más con mi tranquilidad.

La masa de tierra, cuyo destino estaba más que previsto: el casco urbano, generaba un inmenso respeto por lo imponente y robusto de sus árboles.

El descenso fue menos arriesgado. Sin embargo, el sinsabor de hacer una cronología en la mente para contarle al país que uno de los pueblos más queridos del departamento se estaba sumiendo entre las ruinas, se acentuaba.

Ese día, la evacuación avanzó hasta caer la noche, en donde poco a poco Gramalote se fue convirtiendo en un pueblo fantasma. Aunque su destrucción no fue inmediata, los movimientos de la montaña no se detuvieron, amenazando con transformar todo el entorno.

Esa, que era mi primera visita a Gramalote, no tuvo otra cosa que llanto y desconcierto de los anfitriones. Allí tuve que aprender, sin escuela previa, que ante una tragedia de este tipo, la sensibilidad humana lo lleva a uno a pensar más en el drama, en las gentes, que en lo que va a publicar mañana.

Días después seguí visitando los lugares aledaños como veredas y corregimientos, en donde conocí lo cálidos y acogedores que son sus habitantes. Y hoy por hoy, no cabe más que exclamar una frase que se volvió de cajón, pero que todos lo nortesantandereanos lo sentíamos con gran afecto: ¡Gramolote vive!
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