Gramaloteros se echaron sus expresiones artísticas al ‘hombro’ |
Vladimir Solano Gómez | 20 de diciembre de 2011Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla![]() Momento en el que una de las parejas del grupo de danzas de Gramalote conmemora un año de la destrucción de su pueblo en el coliseo cubierto Toto Hernández. (Fotos Schneyder Mendoza / La Opinion) De tez morena y contextura delgada, Pablo Andrés, de 17 años, se prepara para ensayar el repertorio artístico con el que el grupo de danzas de su municipio conmemorará el primer año de la desaparición del pueblo que se ‘tragó’ el cerro La Cruz. Lo hace muy lejos de su tierra, exactamente en el patio de la Alcaldía de Gramalote, en realidad una vieja casona de Cúcuta de estilo mudéjar, ubicada en el centro de la ciudad acondicionada como tal hace algunos meses. Para llegar allí y alimentar, cada 8 días, su pasión artística, debe viajar de la vereda Valderrama (a 5 minutos en carro del desaparecido casco urbano) hasta Santiago para tomar el bus que transporta a los estudiantes gramaloteros que residen en la capital nortesantandereana. De esta forma “ahorro lo del pasaje”, explica. Al terminar de hablar, la grabadora interrumpe el diálogo con un sonido rítmico: “Lo bailo yo, lo bailas tú, lo baila él, lo baila ella, lo baila el viejo con la viejita y lo bailan todos este son”. Pablo Andrés y sus compañeros se sueltan a danzar aquella canción, la misma que el 17 de diciembre de 2010 a las 4:00 de la mañana bailaron por última vez antes del apocalíptico juicio de la naturaleza. “Si el pueblo estuviera en pie en este momento podríamos ensayar en la casa de la cultura Francisco Márquez, pero todo lamentablemente se acabó”, dice mientras su cuerpo va y viene de un lado a otro rememorando y dando vida a una cultura que no se resigna a quedar sepultada entre los escombros. Es la forma escogida por él, como muchos de los damnificados, de mantener, en medio de las ruinas, los cimientos de las rústicas manifestaciones artísticas y culturales de la cuna que los abrigó durante 153 años. Sigue el baileLa recuperación no será fácil: en el caso de la danza, el golpe asestado por la naturaleza dejó bajo las ruinas de la casa de cultura gran parte del vestuario con el que el grupo de baile de Gramalote solía hacer sus presentaciones. “Estamos tratando de salir adelante con lo poco que nos quedó. Por fortuna nos regalan telas y tratamos de vender presentaciones a fin de completar los trajes necesarios para cada montaje”, asegura el joven mientras continúa el ensayo. Su profesor, Víctor Contreras Maldonado, les insta a seguir bailando con más concentración: “todavía están fríos. Vamos a repetir la canción”. Al ritmo de las notas los cuerpos se apoderan, nuevamente, del patio de la Alcaldía. Giran, se toman de las manos, los hombres van a una esquina y las mujeres a la otra, se miran, coquetean y se vuelven a encontrar, en un ademán que refleja la idiosincrasia de los gramaloteros. “Siguen arraigados a sus valores. Porque aunque estamos dispersos en diferentes municipios nuestra cultura trata de mantenerse mediante una serie de labores que se desarrollan todo el año”, explica Víctor Contreras, el gestor cultural. Los bailarines siguen su faena en el patio de la Alcaldía. Se puede notar, por sus palabras, que estar ahí no es más que una excusa para sanar en su corazón las cicatrices que dejó un acontecimiento sin precedentes en Norte de Santander. “Venir a ensayar me ha ayudado a distraerme para no recordar lo sucedido, aunque debo confesar que todavía lloro al ver a Gramalote, desde la ventana de mi casa”, dice Sandoval Meza, quien hoy vive en la vereda Valderrama. Este sentimiento, tan desconocido para quienes siguieron a través de los medios el desastre gramalotero, es otra cruz que la montaña puso sobre los exhaustos hombros de quienes resultaron damnificados. Las pruebasDicha cruz también la han tenido que cargar los diferentes gestores culturales del municipio, quienes se vieron obligados durante los últimos 12 meses a dejar la comodidad de sus sitios de trabajo (la casa de la cultura Francisco Márquez Acuña, antes llamado Centro de Refugio Educativo del Municipio –Crem-) para atender a las comunidades y no dejar que la distancia, el tiempo y los estragos de las lluvias borren los modos de vida y costumbres que por más de un siglo engalanaron a Gramalote. Para hacer frente a ello, Mariluz Rolón Luna, la bibliotecaria del municipio, asumió el reto de salir a recorrer las veredas en aras de promover la lectura y escritura de los niños, niñas, jóvenes y adultos. Los padres de familia aprovechan las actividades que desarrollan sus hijos para participar y aprender. “Este ha sido uno de los mejores años. Hemos tenido que ir a las veredas a conocer muchas veces las problemáticas de las comunidades. Eso es más interesante que estar sentado todo el día en la biblioteca a esperar a que alguien llegue, indica Mariluz. Estas labores, pese a ser satisfactorias para ella, le costaron caídas en moto, largas caminatas (una hora para llegar a la vereda San Isidro) y sortear los embates de las lluvias que aún azotan a todo el territorio colombiano. “No fue impedimento para trabajar. Por el contrario, nos permitió ver la sonrisa de los niños y recibir su abrazo de ellos. Esos detalles hacían que uno se olvidara de las incomodidades y a la siguiente semana le dieran ganas de volver hasta allá”, dice. Las actividades se desarrollan por medio de crucigramas alusivos a Gramalote, sopa de letras en las que se preguntan por los barrios que desaparecieron, cuentos donde se incluyen diferentes sitios del municipio y cómo fue el último día de los afectados en el casco urbano. “Tratamos de ir enfocados a la historia del pueblo para que no se pierda esa identidad. Los niños repiten lo que escuchan de los mayores: que el desastre se dio por una maldición. Pero otros prefieren manifestar su tristeza, llanto y dolor aludiendo a que ya no tienen amigos. Ellos van llevando todo eso en su corazón y eso no es bueno”, afirma la bibliotecaria. La música![]() La mayor parte de los instrumentos musicales que se rescataron de la destrucción del pueblo reposan en la Alcaldía de Gramalote, en el centro de Cúcuta.En la Alcaldía -además de reposar el vestuario del grupo de danzas y los libros de la biblioteca municipal- también se guardan los instrumentos que se utilizan para formar a los jóvenes que representan al municipio en el área musical. Allí, en un cuarto oscuro y caluroso, el 20% de los instrumentos que se salvaron de la catástrofe, parecen no tener dolientes. Están tirados en el piso sin uso y sin los cuidados necesarios para su preservación. La mayoría no se está utilizando porque les faltan cuerdas o pequeños ajustes. Ponerlos a funcionar requiere una inversión que debido a las circunstancias se hace difícil poder concretar. Sin embargo, las clases (de música guasca y campesina) continúan en las diferentes veredas del municipio, en el Instituto Agrícola de Gramalote y en el colegio Santiago Apóstol, de Santiago, a donde cada día se inscriben más niños y jóvenes para cultivar sus dotes artísticos. El aumento en el número de jóvenes interesados en aprender música ha demostrado, si se quiere interpretar así, en palabras del docente Belarmino Luna García, que la adversidad ha generado una necesidad especial en los damnificados de no dejar perder sus raíces sino de manifestarlas a donde quiera que vayan. “Participar en diferentes encuentros los ha motivado para que llenen el vacío que les produjo perder el pueblo, más aún en esta época de Navidad”, puntualiza el profesor Belarmino. Trabajo artístico y culturalTras la destrucción de Gramalote, el 17 de diciembre de 2010, las actividades artísticas, culturales y de promoción de lectura se siguen desarrollando, de forma itinerante, para dar cobertura a los damnificados. El grupo de danzas, con las uñas, trata de remover el pasado que marcó sus vidas como si fuera un hierro caliente y seguir adelante. Para ello, participan en encuentros culturales que se llevan a cabo en los pueblos aledaños y en diferentes partes del territorio colombiano. En agosto de este año tuvieron la oportunidad de asistir al nacional de danzas folclóricas en Guatavita (Cundinamarca). En ese entonces, bailaron bambuco zapateado, merengues campesinos, el bambuco Doña Emilia y recrearon la cultura del café gramalotero. Para enero del próximo año ya tienen agendado viajar a Bogotá para bailar en el nacional de danzas en grupo. En el ámbito de la lectura las cosas son difíciles pero hay optimismo. De prestar libros (3.000 que hacían parte de la biblioteca) para atender las necesidades literarias y académicas de cerca de 25 veredas se recurrió a las fotocopias de cuentos y textos de literatura infantil. La bibliotecaria Mariluz Luna guarda en su casa (en Santiago) cerca de 200 libros de literatura infantil. Los demás reposan en la Alcaldía de Gramalote. El interés por el aprendizaje de la música ha sido otra de las sorpresas. Los padres de familia se han interesado porque sus hijos aprendan a tocar un instrumento y contrario a lo que se temía, que muchos jóvenes se retiraran, hoy de 15 alumnos se pasó a formar 54. “A veces nos da pereza asistir a los ensayos y las actividades, pero no podemos dejar botado esto porque es lo que nos gusta, nos distrae y divierte. Además, no podemos pasar toda la vida mirando un pueblo destruido”, asegura Pablo Andrés Sandoval Meza al finalizar el ensayo, en el que se incluyeron canciones como Chinita gramalotera, Homenaje a Gramalote y Lo bailo yo y lo bailas tú. |
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