Belcy es la mamá de los pingüinos |
02 de julio de 2012Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verlaTener más de 40 años y no haber terminado el bachillerato dejó de ser un obstáculo para que José pudiera tener un trabajo fijo. Desde hace tres años encontró en la venta de Bon Ice una alternativa laboral.El hombre que se viste de azul y amarillo y sale con una nevera de icopor rodante por las calles de las comunas 3 y 4, es uno de los 17 vendedores que tiene Belcy Amaya en su distribuidora en el barrio San Luis. La microempresaria de 51 años nunca imaginó que la actividad que inició hace siete años vendiendo los famosos helados que promocionaban unos graciosos pingüinos en televisión le permitiera emplear a personas pobres de la ciudadela La Libertad. Belcy, que por mucho tiempo fue ama de casa, decidió apostarle al negocio, pese a no tener experiencia en el campo comercial. La mujer de voz pausada arrancó con un solo vendedor, posteriormente empleó a otros más, todos ellos con algo en común: tener ganas de superarse pese a la falta de recursos y estudios. “Con el tiempo vi en esta labor una forma de emplear a las personas más necesitadas y de contribuirles en algo, al tiempo que yo gano con mi negocio”, resaltó. Más allá de una relación formal jefe- empleado, Belcy tiene una gran relación con sus trabajadores. Los aconseja y regaña cuando cree que es necesario, pese a que la mayoría sobrepasa los 40 años. “A veces parezco la mamá de los pingüinos. Estoy pendiente de todos, de que porten bien el uniforme, que coman, que no estén en malos pasos y que tengan espíritu emprendedor”, dijo mientras despachaba los pedidos, usando unos guantes de lana para evitar que se le congelen las manos por el contacto con la nevera. La empresaria que es devota a la Virgen de Guadalupe, no es la única que utiliza una prenda especial para hacer su labor. Sus trabajadores o mejor dicho sus ‘pingüinos’ llegan a las 7:30 de la mañana para ponerse el uniforme. Camisa amarilla, pantalón azul, gorra, y un canguro hacen parte de su vestimenta. Una nevera de icopor y una pequeña cava de este mismo material completan el equipaje, mientras que los Bon Ice representan su material de trabajo. Cuando los vendedores llegan a la distribuidora doña Belcy, como ellos la llaman, les tiene preparado un tinto, para que empiecen bien la mañana. Los empleados llegan vestidos de particular y se ponen los uniformes. Cada uno empieza a hacer una fila para recibir la cantidad de productos. Unos llevan 140, algunos 200 y otros hasta 500, dependiendo del día y de la zona seleccionada. La distribuidora despacha cerca de 10.000 productos en tres días, entre el sabor tradicional y el yogoso. Una pareja que compiteUno de los vendedores estrella es Henry. Este barranquillero puede llegar a vender hasta 500 unidades en un día. Su secreto para vender es el buen trato al cliente, un buen surtido, una buena presentación y, por supuesto, una buena zona. “Al principio uno se pierde y no sabe para dónde coger, pero luego de identificar los mejores puntos lo demás no es problema”, resaltó. El área de trabajo de este hombre es la frontera con Ureña (Venezuela). Allí, el gran flujo de personas se ha convertido en su mejor aliado. Henry empezó a trabajar hace cinco años, pero desde hace tres su esposa Elvira se unió a la venta del mismo producto. Por cada unidad vendida la pareja se gana entre $60 y $70 de los $200 0 $300 que puede llegar a costar el helado. Los esposos llegan juntos a las diferentes zonas y luego se separan para empezar a trabajar. Aunque le ha dado los secretos de venta a su mujer, ella aún no lo ha logrado superar en número de unidades vendidas. Uno de los momentos en los que la pareja logró vencer su propio récord de venta fue en 2008, cuando juntos ofrecieron el producto en el concierto Paz sin Fronteras que se llevó a cabo en el puente Internacional Simón Bolívar, en Villa del Rosario, como un iniciativa musical que pretendía mejorar las relaciones entre los gobiernos e Venezuela, Ecuador y Colombia. Al terminar la jornada los ‘pingüinos’ regresan nuevamente a la distribuidora en San Luis, alrededor de las 3 y 4 de la tarde. Unos llegan, se cambian y se bañan en el lugar, mientras los otros aprovechan para lavar sus uniformes y colgarlos en el patio.
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