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¿Y qué hago con mis libros?

Jueves, 26 de Mayo de 2022
Allí nació mi afición a los libros.

Me aficioné desde pequeño a la lectura, algo sumamente raro teniendo en cuenta que en mi casa no había libros propiamente dichos. O tal vez sí. Porque mi mamá, rezandera de tiempo completo, poseía una buena cantidad de novenas que, además de las oraciones de rigor, tenían lecturas sobre milagros y la vida de los santos, lo cual me llamaba la atención. Allí nació mi afición a los libros.

Tuve la fortuna de contar con maestros que me estimularon el amor por la lectura, y así, poco a poco, llegué a formar mi propia biblioteca con libros prestados que no devolvía, libros cuyos dueños se descuidaban en algún momento, libros que me regalaban y libros, muy pocos, que yo compraba.

En el bachillerato tuve un amigo, voraz lector de los libros  de Vargas Vila, que me los facilitaba para leer a escondidas porque su lectura era prohibida. Leer a Vargas Vila era pecado, pero los muchachos preferíamos gozar con sus páginas antes que acercarnos al cura para confesarle nuestro gusto por el escabroso morbo de las novelas vargasvilianas, que excitaba nuestra imaginación de adolescentes.

Me aficioné también a los novelitas de vaqueros que intercambiábamos entre los estudiantes, amigos de las aventuras del oeste. Dentro de las páginas aburridas de don Quijote de la Mancha o de la Divina Comedia metíamos aquellas pequeñas novelitas que nos transportaban a escenas de caballos y pistolas.

Con el tiempo,  cuando yo ya me creí dueño de mis actos y empecé a ganar algún sueldo, la casa se fue llenando de libros, revistas y periódicos.  Había libros no sólo en los estantes, sino en el comedor, en la cama y hasta en el baño. Con cada quincena de pago, uno o dos libros nuevos llegaban.  “O los libros, o yo”, me la puso peluda un día mi mujer.  La alternativa era difícil, pero logramos un acuerdo: No más libros nuevos en la casa. Con los que había eran suficientes. Y poco a poco, sin traumatismos, iría saliendo de los libros “inútiles”. Como no había libros “inútiles”, el acuerdo empezó a fallar.

Sin embargo, cuando algunos amigos, también amantes de libros y dueños de extensas bibliotecas, fallecieron, me di cuenta que los libros son un estorbo para la familia después del funeral y de la última noche.  Los hijos salen a regalar libros, a botar libros.  Aquello por lo que tanto el finado luchó por conservar, de una manotada desaparece. Pocas veces, muy raras veces, los herederos heredan el amor por los libros. Heredan riquezas materiales, pero no, riquezas culturales. Con lógicas excepciones, claro está.

Hago estas cavilaciones porque aún hoy, tengo muchos libros. He regalado a bibliotecas, algunos. He contribuido con libros a  escuelitas rurales o colegios pobres. He permitido que amigos y amigas se queden con libros que les presto, haciéndoles creer que no me doy cuenta. Y ya casi no compro libros.

Aún así, tengo muchos, muchos libros. Y entonces, la duda me atormenta y me desvela. Si, después del 7 de agosto, nos toca salir corriendo en busca de otro país que nos dé abrigo, ¿qué hago con mis libros?

Por eso, hoy, amigos, les confieso que el próximo domingo ayudaré a elegir a un presidente que no nos obligue a salir corriendo en busca de países extraños.  Un presidente que cambie tanta injusticia, pero sin meterle candela al país porque se me quemarían los libros. Votaré por un presidente que no proclame odios ni venganzas, ni lucha de clases, y que ame los libros. Con un candidato así, yo me identifico. 

gusgomar@hotmail.com

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