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En Colombia hubo un campo de concentración

Martes, 31 de Octubre de 2017
En 1944, el gobierno ordenó el arresto de más de 100 ciudadanos alemanes, italianos y japoneses que fueron enviados a este lugar.

Del paso clandestino de Hitler por Colombia no quedan más que rumores y una fotografía con un exsoldado nazi que supuestamente fue tomada en Tunja, Boyacá, en 1954.

Esta semana, después de que el gobierno de los Estados Unidos publicara más de 2.000 documentos secretos relacionados con la muerte de Kennedy, la historia de David N. Brixnor -el agente de la CIA que envió una carta alertando sobre la posible presencia del dictador en el continente americano- volvió a salir a la luz.

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Es posible que el mito de Hitler caminando tranquilamente por las calles de Tunja mientras todo el mundo lo daba por muerto nunca pueda comprobarse, pero ese no es el único hilo que conecta a Colombia con la Segunda Guerra Mundial y los horrores del nazismo.

En marzo de 1944, el gobierno colombiano ordenó el arresto de más de 100 ciudadanos alemanes, italianos y japoneses que fueron enviados a un “campo de concentración”, ¡en Fusagasugá, Cundinamarca! Y esta no es una teoría de conspiración alimentada por los expedientes secretos de la inteligencia norteamericana, sino un hecho real y verificable que los reporteros de hace 70 años registraron en las páginas de El Colombiano.

Recorte de prensa de El Colombiano del 25 de marzo de 1944.

Esta noticia, titulada “150 alemanes concentrados”, fue publicada en El Colombiano el 25 de marzo de 1944:

“Según las informaciones oficiales que se obtuvieron en la tarde de ayer, el Gobierno Nacional envió un grupo de alemanes al campo de concentración de Sabaneta, en el municipio de Fusagasugá, en cumplimiento de claras y determinadas disposiciones legales sobre la defensa. Las mismas informaciones indican que antes del fin de la presente semana y en el transcurso de la próxima, nuevos grupos serán enviados al mismo sitio, donde permanecerán los nacionales alemanes sujetos a un régimen de vigilancia y aislamiento”.

A pesar de que en ese momento alrededor de 3.000 ciudadanos alemanes vivían en Colombia -muchos de ellos refugiados por la guerra- el gobierno ordenó el confinamiento de 150 que al parecer habían tenido algún tipo de contacto con el Reich, aunque al final solo apresaron a 109.

“Las actividades de todos los alemanes residentes en Colombia están siendo estrechamente vigiladas, como las de la mayor parte de los extranjeros, con el objeto de evitar casos de espionaje u otros similares”, dijo entonces el gobierno, que nunca presentó pruebas de la relación de los alemanes confinados con el nazismo.

“Las causas de la concentración de estos súbditos alemanes se explica como consecuencia del estado de beligerancia en el que se encuentra Colombia desde 1943, y como una medida de precaución para evitar que la seguridad nacional o la seguridad internacional de los países aliados de Colombia en la guerra contra el Eje, puedan sufrir, eventualmente, perjuicios”, continúa la nota periodística.

El gobierno explicó que la medida no era de carácter penal sino preventiva, y que respondía a los consejos “de las conferencias panamericanas que han recibido la aprobación de Colombia”. Básicamente, el país estaba respondiendo a una orden de los Estados Unidos.

Colombia declaró la guerra a Alemania en 1943, después de que los nazis hundieran un barco militar colombiano en aguas del Caribe (la famosa goleta Resolute). Además, cuando Estados Unidos tomó partido en la Segunda Guerra Mundial, Colombia fue el primer país en manifestar públicamente su apoyo.

Otro recorte de prensa del 25 de marzo de 1944.

El campo de concentración

La colonia de Fusagasugá no tuvo nada que ver con los campos de concentración nazis, ni mucho menos con los campos de exterminio. Para custodiar a los alemanes eligieron un hotel llamado Sabaneta, que era confortable pero no de lujo.

Los mismos internos fueron obligados a pagar una mensualidad por el arriendo de las habitaciones con el dinero y los bienes que el gobierno colombiano les confiscó y con el que formaron, a manera de fideicomiso, el Fondo de Estabilización Nacional (2.500 propiedades de alemanes, 1.500 de italianos y unas cuantas más de japoneses).

“Los internos gozarán de relativas comodidades y están bajo un régimen que inicialmente será severo, pero que en el futuro, y de acuerdo con la conducta de cada uno de los concentrados, irá siendo menos rígido”, dijo El Colombiano sobre los recién trasladados.

A diferencia de los campos de concentración europeos, los presos civiles de la colonia de Fusagasugá no eran obligados a trabajar ni sometidos a tortura, sus familias los podían visitar e incluso muchas esposas e hijos vivían con ellos en pequeñas cabañas. Y al fin, de los extranjeros cuyos nombres aparecieron en la “lista negra”, sólo se salvaron los que tenían alguna enfermedad que les impedía su traslado al hotel.

Para los extranjeros del campo de concentración de Fusagasugá, los casi dos años de confinamiento fueron algo así como unas vacaciones, incluso pagadas por ellos mismos.

En el documental Exiliados en el exilio (2002), los alemanes que vivieron en el hotel Sabaneta cuentan cómo pasaban los días jugando ajedrez y trabajando en un taller de carpintería que ellos mismos organizaron. Los japoneses, por su parte, construyeron un criadero de peces dorados que dejó a todos con la boca abierta (a pesar de que los europeos y los asiáticos no tenían una relación cercana).

A mediados del siglo XX, el hotel Sabaneta era el mejor de Fusagasugá, algo así como el hotel Nutibara de Medellín en su época de mayor esplendor. El único con piscina olímpica y cabañas para veraneantes en toda la región. Sin embargo, tres décadas después del fin de la Segunda Guerra Mundial -y por ende, del campo de concentración de alemanes señalados por ser afines al nazismo-, el hermoso edificio de pisos de madera de pino y grandes columnas fue abandonado y el tiempo lo redujo a escombros.

En 1998, un reciclador de Fusagasugá llamado José Ricardo Barajas era su único huésped, que se radicó allí para tener un techo gratuito y por ahí derecho, cuidar el edificio -una joya de arquitectura que ganó un premio nacional en 1945, ocho años después de su construcción-. El hombre asegura que en las noches los llantos de bebés inundaban los pasillos inhóspitos del hotel Sabaneta.

El edificio fue derribado poco después y en su lugar se construyeron fábricas y locales comerciales. Del hotel Sabaneta sólo queda una torre, la misma que sirvió a los policías para vigilar a los alemanes confinados en el campo de concentración mientras los aliados combatían a Hitler.

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Colprensa
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