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Por: Óscar Domínguez
Viernes, 16 Febrero 2018 - 3:03am

Elegía por mi Olivetti

Desde su jubilación, Oli vive al lado de mi engreído computador que apenas la determina. 

Los días del periodista – el 9 de febrero- suelo sacarla a pasear. Inicialmente, para tratar de saldar una jurásica deuda de gratitud levanté estas líneas en mi vieja máquina de escribir Olivetti Lettera 22. Desde su jubilación, Oli vive al lado de mi engreído computador que apenas la determina. No la considera competencia siquiera. ¡La muy engreída!

Oli me mira siempre con fidelidad de Nipper, el centenario perrito de la Víctor. ¡Cuántos madrazos me habrá echado por haberla relegado al olvido! Perdón, Letterita.

Tenía polvo hasta en el puntico de la i. La quiero como el Tuerto López amaba a sus zapatos viejos. Me gustaría invitarla a tirar paso. O gastarle algún vinillo exquisito a tono con su alicaída aristocracia.

Saludo reverente la tecla de mi máquina que retrocede un espacio cuando la acciono. Mis respetos a la palanca que me permite mover el carro. El computador lo hace todo automáticamente. Eso explica en parte los celos de mi Olivetti, furiosa Otelo moderna. 

Mi saludo a la tecla roja que ya ni sé cuál es su gracia. Disculpas.

Echo de menos el sutil ruido de la campanita que me alerta para partir correctamente las palabras al final del renglón. Detalle que no tiene el computador, que sí tiene corazón de iceberg. Bueno, lo hace automáticamente, pero así no es gracia.

Una delicia, mi cachivache. Jamás borró ningún archivo. Jamás se le cayó el sistema. Le perdono que no tenga tecla para borrar cuando meto mal el dedo. Eso aumentaba la exigencia a la hora de escribir. Nos perdonamos las pilatunas como dos nuevos amantes.

Nada de escribir en verdana, mi preferida. El tipo y el tamaño de letra de mi Olivetti jamás cambian. Como los pájaros, que “nunca cambian de canción”. Básicamente, la distribución de su teclado es el mismo que en el computador. 

No sólo en la vida, también en la máquina de escribir, están mal repartidas las cargas. Les toca camellar más a los dedos índices. Los pulgares son más bien zánganos. Cosas de la dedocracia.

Claro que esto no es tan válido para quienes escribimos con todos los dedos. Nada de chuzografía.

Jorge Eliécer, el tío que me financió las primeras cervezas y las novias iniciales, me enseñó (obligó, es el tiempo verbal correcto) desde el principio a utilizar todos los dedos.

En mínima reciprocidad, cuando murió, en Silvania, Cundinamarca, dormí en su casa, con su cadáver al lado. Lo despedimos con ruidosas  exequias. Después enviamos por avión sus cenizas a Medellín. Arriando clase económica. No alcanzó la quincena para remitirlas en primera clase. 

Mi Olivetti se estremece un poco con la historia del tío que acabo de contar. Me dice desde su  “silencio mudo” de metal: “¿Por qué no te callas, &%$#?”.

Mientras escribo, miro y admiro las teclas de mi máquina que se disparan contra el papel y regresan a su base, cual bumeranes.  

He pasado un nostálgico rato tecleando en este hermoso y nostálgico aparato, de un color azul verdoso que desafía mi daltonismo. Me acompaña desde hace 45 años. Me ha ayudado a levantar pa los garbanzos. Y a redactar uno que otro poema para el olvido, uno de los nombres del cesto de basura.

Con asombro descubro que en el árbol genealógico de toda máquina de escribir hay una bala perdida. Lo digo porque Remington,  su  primer fabricante en 1874, inicialmente fabricó armas.

Este  Gutenberg gringo se dejó seducir por el pacifismo de la máquina de escribir. Lo suyo fue como pasar del ateísmo a todos los dioses. Fue el último romántico. Paz sobre sus teclas. 

Termino el ritual  sacando la hoja del rodillo. Me recompensa con su melodía apacible que recuerda el ruido del periódico por debajo de la puerta: ¡sas! Mi Olivetti conserva su sinfonía de siempre, la que me regala a medida que tecleo. Me hace sentir como si estuviera tocando piano, cual imposible Chopin de pacotilla. 

Gracias, Oli. Regresa a tu bien ganado silencio de cartuja. Con tu venia me paso al computador para levantar el texto, editar, contar palabras y enviar a posibles lectores. Un beso en tu punto G.

 

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