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Por: Gustavo Gómez A.
Jueves, 20 Febrero 2020 - 1:00am

Servicio a domicilio

Desde que apareció el celular, apareció también el grupo de los domiciliarios, encargados de llevarnos todo a la casa.

(A Timo, mi domiciliario amigo)

Con cada día que pasa, la vida se nos hace más fácil. La tecnología nos pone todo al alcance de la mano. El invento del celular, por ejemplo, eliminó distancias, derribó fronteras y aumentó la pereza.

Ese aparatico, que cabe en una mano, en un bolsillo, en la pretina o en el brassier, sirve para todo: trae teléfono, televisor, cartero, consejero matrimonial, médico en casa, fotógrafo al instante, rancheras para las amanecidas, música bailable para las fiestas  y oraciones para la salvación de las almas.

El celular es una biblioteca, una discoteca, una viejoteca y una chismoteca. No sirve en bandeja las comidas, como lo hace la adorable esposa, pero sí enseña cómo prepararlas, al mejor estilo de cualquier chef, aunque no sea ganador del Máster chef.  El celular predice si va a llover o va a hacer calor, con mayor precisión que los meteorólogos, aunque no tanto como el almanaque Brístol.

Con celular hacemos transacciones bancarias, compramos pasajes aéreos, marítimos o terrestres, y las muchachas consiguen novios extranjeros.

El celular nos brinda medicinas caseras para el dolor de cabeza, rezos contra el mal de ojo y recetas para bajar de peso. Y todo gratis, que es lo mejor.

Pero hay algo más. Desde que apareció el celular, apareció también el grupo de los domiciliarios, encargados de llevarnos todo a la casa, para que no tengamos que salir a exponernos al sol y a los atracadores.

Es muy sencillo ser domiciliario. Basta tener celular, moto y los implementos necesarios: casco, chaleco, mangas para que el sol no queme los brazos y crema antisolar. Ah, y una cajita de madera para echar los envíos, que se acomoda en la parrilla. 

Los domiciliarios reparten tarjeticas, igual que los abogados y los mariachis y los que venden calzoncillos a crédito. Y a trabajar se dijo. A salirle al astro, literalmente.

Ya usted y su familia no necesitan salir al restaurante en busca del almuerzo. El domiciliario le lleva lo que usted desee, se lo deposita en el comedor y si lo prefiere, él mismo sirve las porciones.

Dicen algunos, que los domiciliarios prueban los alimentos antes de llevarlos al que los ha pedido. Y eso es bueno. Porque si el tipo encuentra que la pechuga está cruda, se regresa y la devuelve. Si a la morcilla le falta arroz, el domiciliario hace el reclamo. Si el mute no tiene el típico sabor cucuteño, está mal hecho y es mejor devolverlo antes de llevarlo a la familia que lo solicitó. Bien por los domiciliarios.

   Los domiciliarios hacen lo que sea, con tal de satisfacer a sus usuarios. Si una mujer está en el baño y se da cuenta que se le acabaron los pañitos húmedos, no lo duda un instante. De inmediato toma su celular (que a todas partes se lleva) y llama a su domiciliario preferido. El hombre va y de su plata compra el paquete de pañitos y corre para llegar a tiempo a donde lo necesitan. Porque ellos no se paran en pelos para ayudar a sus clientes. Y clientas.

    Ellos pagan facturas, hacen consignaciones, manejan la débito y la de crédito y están pendientes de quién los necesita para atenderlos de la mejor manera. Que se acabó el trago a la madrugada, no hay problema. Se llama al domiciliario, y listo. Que se le acabó la plata de apostar en el casino, ¡el domicilario!    Que se le quedó la cadena de oro en el motel, ¡el domiciliario! El de los domicilios es el hombre de confianza.

   Si cuando las bodas de Caná, hubiera habido domiciliarios, Jesús no hubiera tenido que ponerse a hacer el milagro de convertir el agua en vino. Hubiera bastado con llamar al domiciliario: Vaya, porfis –le hubiera dicho Jesús- traiga una caja de Casillero del diablo, pero volando.  

   Creo que a nadie se le ha ocurrido instituir el día del Domiciliario. Ya es hora. Hablaré con unos amigos parlamentarios, de los que antes llamaban padres de la patria, para proponerles que se les rinda homenaje a estos profesionales de la moto y la cajita, fijándoles un día, su día. 

  Si se llegaren a acabar los domiciliarios, sería el caos, el acabose, el fin del mundo. Gracias a ellos el mundo existe. Lleno de pereza, por culpa de los mismos domiciliarios, pero existe.
   

 gusgomar@hotmail.com

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