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Por: Juan Fernando Cristo
Martes, 8 Agosto 2017 - 12:01am

Veinte años después

Volvemos la mirada atrás y ha sucedido tanto en el país, en la política, en su querida Cúcuta.

Hola papá:

Veinte años es una generación completa. Es muchísimo tiempo cuando se piensa en que una bebé como era Daniela, hoy es una mujer inteligente y comprometida con sus ideas. Cuando recuerdo que Juan Nicolás no había nacido y ya es un adolescente inquieto y disciplinado. Cuando me percato de todo lo que ha pasado en mi vida personal y política desde ese 8 de agosto del 97. Y al mismo tiempo no es nada cuando miro atrás y lo siento a usted tan cerca, tan presente. Cuando los recuerdos aún son tan vivos, cuando sus gestos parecen congelados en el tiempo, cuando sus anécdotas de parroquia se repiten una y otra vez en familia o con sus amigos más cercanos. Cuando mi mamá lo menciona con tal naturalidad como si usted aún estuviera con nosotros. Cuando la actividad política se agita al acercarse nuevamente un proceso electoral, como ese que Ud precisamente arrancó con la pasión de siempre en el momento en que lo asesinaron de manera tan miserable. 

Volvemos la mirada atrás y ha sucedido tanto en el país, en la política, en su querida Cúcuta, en su partido liberal, con sus amigos, con su familia. Desde ese mismo año me siento al frente de una pantalla vacía de computador, ahora de IPad, y comienzo a pensar cómo contarle tantas cosas de la manera más resumida y objetiva posible. Esta es la ocasión número 20 en la que lo hago y es tan especial como las anteriores.

Este último año desde que le escribí el ocho de agosto pasado fue especialmente intenso. Tal vez el más complejo y al tiempo más satisfactorio de mi vida pública. Precisamente hace un año el Presidente Santos me pidió que fuera a La Habana a participar en la fase final de las conversaciones de paz con las Farc, con la instrucción clara de acelerar la firma de un acuerdo. Con Rafael Pardo nos sumamos al equipo negociador y definimos los últimos puntos relacionados con el proceso de reincorporación política, económica y social de los integrantes de las Farc y los asuntos propios de la implementación misma. El denominado “cónclave final”, que duró dos semanas definió los últimos aspectos del acuerdo definitivo a finales de agosto. A partir de allí se vinieron acontecimientos trascendentales para la historia de este país. Se convocó el plebiscito para el 2 de octubre en una campaña muy corta que parecía ganada de antemano. Todas las encuestas y los apoyos políticos así lo señalaban. Muchos analistas opinaron que el plebiscito sería no sólo la ratificación popular del anhelo de paz de los colombianos, sino la sepultura política del expresidente Uribe que se la jugó por el NO en esa campaña. Finalmente los sondeos estaban equivocados y nosotros en el gobierno también. Por un estrecho margen se derrotaron los acuerdos de paz. Y a pesar de las explicaciones del mal tiempo en la Costa Caribe, lo cierto es que el No sacó muchos más votos de lo que nadie imaginaba, incluyendo a sus propios promotores. 

Esa noche del domingo dos de octubre en la casa privada del Palacio  de Nariño se vivieron momentos muy duros, tristes y dramáticos. Sin embargo, ese día el Presidente Santos mostró su casta de luchador que se crece en la adversidad y salió muy rápidamente ante los colombianos a reconocer la derrota y a invitar a un diálogo a los del No para salvar el proceso. Ese diálogo comenzó esa misma semana en la sede del Ministerio de Interior y se trabajó en una renegociación del acuerdo de paz que se hizo paralelamente con las Farc en La Habana y los del No en Bogotá. Se avanzó mucho pero al llegar al punto de participación política de las Farc no se pudo llegar a ninguna fórmula. Finalmente se adoptó la decisión de firmar el nuevo acuerdo el 24 de noviembre en el Teatro Colón que contenía muchas de las modificaciones planteadas por los del No, pero no se negaba el derecho de las Farc a participar en política, por lo que ellos rechazaron el texto final. 

Días después ese nuevo acuerdo fue refrendado por amplias mayorías  por las plenarias de Senado y Cámara. Ese aval político fue posteriormente aprobado por la Corte Constitucional en el fallo que dejó en firme el acto legislativo para La Paz, que permitió el trámite vía Fast track de los principales puntos que debían ser discutidos con urgencia. De esta manera se salvaron el acuerdo de paz y su trámite excepcional, pero sin duda alguna el gobierno quedó golpeado políticamente. 

Y en el primer semestre de este año la tarea en el Congreso fue compleja y muy dura, pero logramos desde el Ministerio sacar adelante las principales reformas constitucionales y legales que permitieron garantizar la seguridad jurídica para avanzar en la desmovilización y el desarme definitivo de las Farc que culminó a finales de junio. Terminada esta tarea llegó el momento de las decisiones porque el 26 de mayo se cumplía el plazo de inhabilidades para aspirar a la Presidencia de la República y fue esta sin duda la decisión política más difícil que he tomado en mi vida. El presidente me pidió que me quedara en el gobierno y los compañeros de gabinete igual. Fueron varias semanas de dudas y conversaciones con Santos quien fue muy generoso y afectuoso en el proceso. Al final prevaleció la convicción de poder ser útil en la calle defendiendo los acuerdos y la precaución de No inhabilitarme para una eventual candidatura, sobre la que precisamente en estos días sigo meditando. Creo que están dadas las condiciones para liderar una coalición progresista que defienda lo que hasta el momento se ha alcanzado en el país para acabar con esta guerra. Los resultados están a la vista en términos de disminución de la violencia, pero ahora viene la etapa de implementación de grandes transformaciones que deben impulsarse, y allí debemos encontrarnos todos quienes creemos en esta visión de un país moderno, incluyente y en paz. 

Como se lo advertí al comienzo papá, el resumen de este año es tal vez el más difícil de estos veinte porque sucedieron muchas cosas. Fue realmente estimulante participar en este histórico proceso, a  pesar de tanta crítica.  La del Ministerio ha sido sin duda la experiencia más gratificante de mi vida pública y concluirla liderando en el Congreso la implementación normativa del acuerdo constituye una gran satisfacción personal. Y todo este tiempo lo tuve a usted en mi cabeza y especialmente en mi corazón. Muchos no entendían mi compromiso con la negociación habiendo sido víctima directa de la guerrilla. Algunos incluso me juzgaron duramente como débil por militar en la causa de La Paz. Ninguno de estos cuestionamientos me afectó en lo más mínimo porque siempre tuve la convicción que usted, desde el lugar del cielo en que se encuentre, estaría de acuerdo con la necesidad de acabar esta guerra por las buenas y no buscando el aniquilamiento militar del enemigo. Usted siempre actuó y pensó así y por eso nunca entendí el crimen del ELN. 

Con ellos también me senté en Quito este semestre. Una vez de manera formal y otra solo con Pablo Beltrán para hablar de paz y también de su asesinato. Hasta ahora son muy evasivos y difusos en asumir responsabilidades en sus crímenes y contar la verdad. Espero que esa actitud cambie, porque si no reconocen y piden perdón por actos como su asesinato, será difícil avanzar en un acuerdo de paz con ellos que sería positivo para el país y especialmente para Norte de Santander. 

Bueno papá, cuando me siento a escribirle cada año siempre es difícil comenzar y después se vuelve más complicado aún terminar. Solo quiero que sepa que este año lo siento muy especial, no sólo por ser el aniversario número veinte de su partida tan dolorosa como sorpresiva, sino porque este año participé  con mucho orgullo en la consolidación de La Paz con las Farc. Y también porque en pocos días tendré que tomar una decisión difícil en el campo político y personal, para cual estoy seguro usted, como siempre lo ha hecho, me iluminará el camino. Siempre lo recordamos, siempre lo lloramos, siempre lo extrañamos. Y siempre que con María Cristina  contemplamos orgullosos a Daniela y Juan Nicolás, no nos cansamos de lamentar que no hubieran podido disfrutar, conocer y aprender de ese maravilloso abuelo que no pudieron tener, ese abuelo que esta absurda violencia hoy a punto de desaparecer nos arrebató. Eso tal vez es lo que más entristece el alma cada año que pasa. El abrazo más grande de todos, papá.

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