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20 años atrás

Domingo, 16 de Mayo de 2021
Los reconocimientos de hace 5 años por el fin de la violencia, hoy son angustiosos llamados por un cese de la misma

Por cuenta del pésimo manejo del gobierno a las movilizaciones del 28 de abril, las violaciones evidentes a los derechos humanos y el uso desproporcionado de la fuerza por parte de la Policía Nacional, Colombia volvió a ocupar de manera negativa los titulares de los medios de comunicación internacional y las declaraciones de organismos multilaterales, gobiernos amigos y organizaciones de derechos humanos.

Las imágenes de la guerra civil en Cali, con enfrentamientos entre habitantes de la tercera ciudad del país con las comunidades indígenas que llegaron del Cauca, se transmitieron al mundo entero, así como los retenes, el vandalismo, los bloqueos y las enormes movilizaciones ciudadanas de protesta.

Hace cinco años Colombia ocupaba los mismos espacios y titulares en forma positiva. La atención de medios, gobiernos de las principales potencias y organizaciones multilaterales, se concentraba en elogios por la firma de un acuerdo de paz que terminaba con más de cinco décadas de conflicto armado interno con las Farc. Se respiraba tranquilidad, apertura democrática y respeto a los derechos humanos.

El país se convirtió en atractivo turístico y Colombia ejercía indiscutible liderazgo en el continente. Resulta difícil creer que es el mismo país al que se refieren hoy.

Las condenas por los excesos de estos días vienen de la ONU, la Unión Europea, la OEA, la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Capitolio en Washington. Los elogios y felicitaciones de antes se convirtieron en rechazo y preocupación.

Los reconocimientos de hace 5 años por el fin de la violencia, hoy son angustiosos llamados por un cese de la misma. Las portadas de los principales diarios ya no anuncian

La Paz de Colombia, sino de nuevo, como hace 20 años, guerra, muerte, jóvenes asesinados, enfrentamientos, daños, bloqueos, caos. Se siente frustración, dolor de patria, al escuchar las voces de naciones amigas angustiadas por la suerte del país, que antes vislumbraban un futuro extraordinario. Es un retroceso de décadas que duele en el alma.

¿Pero qué sucedió en los últimos años para estar en esta terrible situación?  El gobierno de Iván Duque no entendió que su mandato del 2018 no era el de hacer trizas La Paz. No tuvo la grandeza de doblar la página de la polarización interna del país en torno al acuerdo de paz con las Farc. Desperdició la oportunidad de unir a los colombianos en la implementación de los acuerdos y se gastó su primer año de gobierno en un discurso beligerante y revanchista, con decisiones como la de objetar la Ley Estatutaria de la JEP.

Hoy vemos en las calles indignación ciudadana, especialmente de los jóvenes, que no fueron escuchados en el 2019, sumada a la profundización de la crisis social, crecimiento de la pobreza y el desempleo, como consecuencia de la pandemia. Rebrota en algunas regiones la violencia ante la no implementación integral de los acuerdos de paz, cuya sola firma vigorizó la democracia colombiana y generó mayor participación y movilización ciudadana. Y vemos un Presidente incapaz de comprender esa nueva realidad del país y aferrado a las fórmulas autoritarias y represivas de su tutor, el expresidente Uribe. Nos devolvieron en el reloj de la historia, como si el mundo aún viviera en el 2001 de las Torres gemelas y Colombia todavía padeciera la crueldad y la barbarie de las Farc de esa época que ya no existen. Nos quieren regresar al miedo, el odio, la desesperanza. Se niegan a aceptar que las Farc desaparecieron como movimiento armado ilegal. Es como si las añoraran. Les hace falta para su discurso político.

Y en medio de ese duro panorama interno, se esfumó la política exterior. Destruyeron los avances de los últimos años. Regresaron a una inconveniente ideologización de las relaciones y a la alineación extrema con un solo partido en Estados Unidos. Se acabó la diversificación y volvimos narcotizar totalmente la agenda internacional. Ah bueno, y la venezolanizamos, o aún peor, la madurizamos.