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Adivinanza del tiempo

Domingo, 27 de Diciembre de 2015
El tiempo debe ser intuido como la arista más próxima a los confines del espíritu.

Por más que lo dividamos, o lo queramos interpretar, el tiempo seguirá siendo original y único, consecuente con su integridad y su misterio: a pesar de que se le amputen minutos, horas o segundos es, en esencia, una verdad entera, global, un punto de eternidad en sí mismo.

De manera que no se debe clasificar el paso corriente de los años en un calendario, sino dar fundamento lógico a la eternidad. Pero todo lo dejamos en una manecilla que orienta, presurosa, el camino mortal a recorrer. Sin embargo, debe primar el criterio de que no es una fracción de momentos, sino un flujo constante de sueños; sólo que los pobres humanos, desde nuestra fragilidad, lo apreciamos así, porque no somos capaces, aún,  de imaginarlo infinito.

El tiempo debe ser intuido como la arista más próxima a los confines del espíritu, porque en ellos se esconde, frugal y relajado; la velocidad es su disfraz (por eso se viste de reloj), porque afana o cuestiona los conceptos y trata de encubrir el devenir para anunciarlo sólo a los osados, como su generosa dádiva de ser el marco ideológico del universo.

Lo que pasa es que busca presentarse ante nosotros de alguna forma; por eso quiso ser frágil y pequeña aguja para asomarse a la historia del mundo y conducir a los peregrinos hacia el horizonte máximo en que se acopla, por fin, con el cosmos. Quiere mostrarse en el minuto que sigue a cada momento, y da señales, pero tiene ya definido lo que va a pasar porque su aliado, el destino, ya ha cortado los hilos de las parcas y el ciclo natural adopta su verdad.

Se deja desentrañar antes para algunos pocos, para quienes aprenden a pensar, y se muestra generoso; pero se ríe y se ufana de dejarse contar, aparentemente, para los incautos. Su esencia es el mayor éxtasis que pueda asimilar el ser humano si se dispone a entenderlo porque, cuando lo haga, no habrá ahora, ni luego, ni entonces, ni mientras tanto: todas esas cosas se irán por los agujeros de su desprecio por las cosas sutiles.

En cada año humano pone pistas, favorece el intercambio entre el espacio y el infinito, entre las cosas y las ideas, para mostrar que él no pasa, sino surge nuevo: así, valora el anhelo fundamental de ser fechado en el alma, sin calendarios.