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Aló, presidente…

Martes, 9 de Agosto de 2022
Al segundo repique del teléfono, ya estábamos en línea.

Con el apoyo del senador Roy Barreras, que se mueve en todas las corrientes como pez en el agua, logré contactarme con el señor presidente de la República. Al segundo repique del teléfono, ya estábamos en línea.


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-Hola Gustavo, me tenías olvidado –me dijo el Presidente, con una amabilidad y una confiancita que me parecieron sospechosas y que me pusieron en aprietos: “¿Lo tuteo, como él acababa de hacerlo conmigo? –pensé-. Repasé mental y velozmente la Urbanidad de Carreño para ver qué decía sobre el trato a los Jefes de Estado, pero no recordé ese capítulo. Decidí curarme en salud: Mejor le hablo de usted”.   

-Es que he estado un poco indispuesto, señor presidente –le contesté, con respeto y alguna timidez.

- Tranquilo, que hierba mala no muere –comentó y soltó una risita presidencial que me causó poca gracia.- Y cuéntame: ¿Qué hay por Caracol?

Entonces caí en cuenta. El presidente estaba confundido con mi nombre. Me sucede con frecuencia. A veces me confunden con Gustavo Gómez Ardila, un famoso músico y compositor santandereano. Cuando éste murió, mi mujer recibió llamadas de pésame, y sé que hubo dos o tres misas en mi nombre, las que deben estar como adelanto para cuando a mí me toque. Algo así como el sistema de abonos, que utilizan en algunos almacenes.


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Pero como no me gusta ganar indulgencias con padrenuestros ajenos, de inmediato le hice saber al presidente Petro su equivocación:

-Perdone, señor presidente, pero yo no soy Gustavo Gómez el de Caracol, sino Gustavo Gómez, el columnista de La Opinión, de Cúcuta.

Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la comunicación. Y en seguida escuché una voz airada: “¿Para que me pasan a un columnista desconocido…?” y una copa cayó al piso con estrépito de cristales. Lamenté el incidente, y desde entonces ni siquiera Roy volvió a contestarme.

La llamada fue antes del domingo, y yo lo que buscaba era excusarme por mi no asistencia al boroló multitudinario de su posesión. La tarjeta de invitación me llegó, pero no los pasajes ni la orden de posada en el Tequendama, como cuando me invitaban a Las Mercedes, (ya mi familia no vivía allá), me pagaban los pasajes en Transportes Peralonso y me pagaban la dormida en la pensión Real, de doña Ignacia de Camperos, al lado de la Policía. Los tres golpes diarios los gorreaba donde los amigos. 

Quería decirle al Presidente que, como había empezado el gobierno anticorrupción, nombrara una comisión (Benedetti, Bolívar, por ejemplo) para que investigaran qué había pasado con mis pasajes, que no me llegaron. Un gobierno que comienza creando expectativas de honestidad, debe ser ejemplo de transparencia.

Quería también desearle suerte en su gobierno, pues he escuchado una frase que suena bonito, aunque no la entiendo muy bien: “Si al presidente le va bien, le va bien a Colombia”. Haría lo posible por acercármele, por encima de príncipes, monarcas y presidentes, para chocarle mi puño débil con su fuerte puño. “Puñito, puñito”, le digo a mi nieto Lucca y él choca sus dedos incipientes con los míos arrugados. 

Pero el mandatario me colgó y mi comunicación con Palacio ha quedado trunca, lo cual siento profundamente, por mí y también por el Presidente, porque es bueno que los gobernantes mantengan algún contacto con los que no votaron por ellos, para conocer lo que piensa el pueblo raso, no por boca de lagartos y de enmermelados que les endulzan el oído, sino directamente. 

Lo lamento por mí y por Petro. No quiso el destino que nuestras voces se toparan. Por algo será.  

gusgomar@hotmail.com

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