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Amor y Amistad, en calzoncillos

Con o sin calzoncillos, con o sin cucos, dependiendo del calor, hay que estar atentos a la celebración de este día, el más caro de todos. Con lo de caro me refiero a querido.

Con estos calores cucuteños, que cada día nos agobian más, uno no quisiera sino vivir en paños menores. El hombre llega a la casa y si no fuera porque le da pena mostrar sus vergüenzas, se quedaría en físicos cueros. La mujer se despoja de sus ropas externas, manda el brassier y la faja, signos de opresión y gordura, respectivamente, a la canasta de la ropa sucia, y con un suspiro de satisfacción se lanza a la cama, mientras reniega del aire acondicionado que se dañó de tanto usarlo y no ha habido cómo mandarlo a arreglar, y del ventilador que sólo reparte aire caliente. 

Aún así, con calor, se nos acerca el Día del Amor y la Amistad, una de las fechas que más emocionan a los comerciantes, y a los dueños de restaurantes, discotecas y  moteles.  En el fondo, la cosa es buena porque genera algunos empleos. Hace poco hablaba con un técnico salesiano, amigo de muchos años, a quien noté muy alborozado porque lo habían llamado de un motel, camino de la frontera, para que les revisara y reparara los aires de las habitaciones. 

-Imagínese -me dijo-. Son cincuenta aires que debo tener listos para el Día del Amor y la Amistad.

Pensé, entonces, que no sólo a él le irá bien ese día. También a la que lava sábanas, la que arregla habitaciones, la que recoge basuras y condones usados, el que adapta los televisores sólo para las películas porno, el de la música ambiental, el de los licores, los choferes de taxi que llevan y traen parejas, los almacenes que venden calzoncillos y cucos, porque ese día hay que ir estrenando, en fin, todo un mercado que se mueve alrededor de sólo dos palabras: amor y amistad.

La cosa empezó, hace algunos años, cuando algún publicista tuvo la genial idea de inventar el Día de los Novios. Novios y novias quedaron felices porque ya el calendario los tenía en cuenta. El pobre novio saltaba matones para complacer a su novia ese día (y esa noche), mientras ella se dejaba agasajar con cualquier detalle que, según el valor, le servía para medir el amor de su enamorado. 

Un pañuelito bordado: el tipo era un chichipatoso, expuesto a que en cualquier momento lo pusieran de patitas en el pavimento recién parchado. Un perfume: algo es algo. Pero una sortija o una cadena de oro o una brillante manilla, el amor podría ser duradero hasta que apareciera otro proponente con más joyas, vestidos y hasta moto.

Pero hablar de novios era muy limitante. Quedaban por fuera el amor de marido y mujer, de los hijos, de las suegras, de los amantes. Apareció, entonces, el Día del Amor, y el horizonte se extendió.

Tampoco fue suficiente. ¿Y los amigos? ¿Y la amiguita? ¿Y los que hasta ahora empezaban a conocerse? Fue cuando la publicidad llegó al máximo: Día del Amor y de la Amistad. Quedó resuelto el problema. Ahí caben todos. El regalito no debe faltar. Por lo menos, un compartir, que es la palabreja de moda. O unas onces, en lenguaje campechano. O El amigo secreto, un juego lleno de expectativas, de nervios, de sorpresas.

Todo cabe ese día de mediados de septiembre. Que debe caer en quincena, porque de lo contrario habrá pataleos, lloros y frustraciones. 

A no olvidarlo, pues. Con o sin calzoncillos, con o sin cucos, dependiendo del calor, hay que estar atentos a la celebración de este día, el más caro de todos. Con lo de caro me refiero a querido, no a costoso.  

gusgomar@hotmail.com

Miércoles, 11 de Septiembre de 2019
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