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Apocalypse Now

Sábado, 20 de Agosto de 2022
Los efectos de la pandemia y la invasión rusa llevaron a un retroceso de la que hasta ayer era la gran amenaza mundial, el calentamiento global.

Estamos viviendo en una época inédita de la sociedad humana: peligrosa, grave y sin solución a la vista. Estamos en medio de una confluencia de amenazas a la supervivencia de la sociedad humana, de tres verdaderas espadas de Damocles.


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La pandemia del coronavirus será recordada no por su impacto sanitario, pequeño en términos poblacionales relativos, sino por el daño económico de la respuesta mundial, basada en encerramiento y subsidios masivos de origen fiscal y endeudamiento, que disparó la inflación y nos tiene ad-portas de una nueva recesión mundial que cada vez tardamos más en superar. La de 2008, tomó diez años. 

La primera espada de Damocles está en la tecnología que permitió lograr vacunas rápidas contra el SARS-Cov2: la edición genómica. La técnica conocida por sus siglas, CRISPR, es en términos muy simples tomar una molécula de Ácido Ribonucleico (ARN) como un vehículo “mensajero” en el ADN y cortar genes donde se quiera con una enzima llamada CAS9. Como toda tecnología disruptiva promete grandes beneficios para enfermedades de base genética, prolongando la cantidad y calidad de la vida humana. Pero puede también alterar virus y bacterias para que produzcan graves enfermedades infecciosas de muy difícil control. Producir pandemias con virus tan letales como el ebola, haciéndolos de fácil transmisión, es técnicamente posible ahora para cualquier grupo o estado terrorista. 

El desajuste geopolítico que trajo la degradación ideológica estadounidense, hoy llena de progresismo apaciguador y anti occidentalizante, permitió que estados autocráticos pobres pero con poder nuclear se arriesgaran a aventuras bélicas expansivas esperando las acostumbradas respuestas apaciguadoras del actual Occidente. El caso de la invasión rusa a Ucrania, impulsada por la ventaja estratégica que la progresista Angela Merkel les dio al poner a depender a Europa Occidental del gas y el petróleo ruso, trajo otra vez a primera plana la amenaza nuclear y la remilitarización de las potencias de segundo orden, incluso de aquellas que habían renunciado a ella como Alemania y Japón.

Los efectos de la pandemia y la invasión rusa llevaron a un retroceso de la que hasta ayer era la gran amenaza mundial, el calentamiento global. La crisis de oferta de hidrocarburos que creó la guerra de Ucrania llevó a que se abandonara la ruta de sustitución energética. Hoy vuelve a crecer la demanda por petróleo, gas natural e incluso carbón.

Estas tres espadas de Damocles, un ataque terrorista viral pandémico, una guerra nuclear y el calentamiento planetario global, son aún más peligrosas por la vulnerabilidad de la sociedad humana actual. La desinformación, la información dirigida, la pérdida de sentido crítico y la irracionalidad y  superficialidad de los análisis han llevado a una profunda “polarización ideologizada” que hace aún más difícil enfrentar las grandes amenazas. Muchos ni “creen” que existan, o que solo son “creaciones imaginarias” de sus enemigos ideológicos. Solo basta ver los líderes que nos tocaron en estos tiempos tormentosos y definitivos, para entender que estamos en problemas. Desde el tibio anciano Joe Biden, al narciso patológico de Putin, pasando por el extraño Xi, sin contar con los autócratas como Kim Jong-Um de Corea del norte o el extremista Jamemei de Irán y los populistas castristas latinoamericanos, la aridez de líderes es inquietante. 

Lo que nunca se pensó es que el riesgo radicara en el extraño sopor mamerto que se tomó  a Occidente. El apocalipsis insinuado tal vez no sea definitivo, pero alterará de manera radical nuestra sociedad.  Ya tenemos el combustible, las tres espadas de Damocles; el comburente, una sociedad  imbecilizada por un discurso absurdo; solo falta la fuente de ignición para que todo arda. Como en los años 30 del siglo XX, otra época histórica única, la respuesta debería venir de estadistas valientes y visionarios, que aun ni se insinúan. No podemos olvidar que en esos años la crisis económica dio fuerza al movimiento socialista que se enfrentó con su contraparte extremista, el fascismo, y que Occidente debió esforzarse a fondo para no perecer.

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