A clases, pero de lejitos

Martes, 26 de Enero de 2021
La educación no se salvó de la pandemia.

Algunos colegios ya empezaron clases este año, y otros lo irán haciendo poco a poco, con miedo, como sin ganas y con la esperanza de que muy pronto las cosas mejoren, que cese la pandemia, que lleguen las vacunas y que todos volvamos por el camino que traíamos antes.

Con el debido perdón, yo lo dudo. Nada volverá a ser como antes, dicen   los adivinos, las gitanas y los que echan las cartas. Y yo me sumo a ellos. De muchacho yo me sabía dos o tres trucos de cartas que dejaban boquiabierto al público, me gustaban las gitanas jóvenes y hubiera querido ser adivino. Tal vez por eso es que me les sumo a sus predicciones.

Para bien o para mal, muchas cosas cambiaron desde que apareció el virus que nos tiene acorralados, otras están cambiando y las demás cambiarán. Y una de esas, es la educación. “No hay como verle la cara al muchachito”, dicen las maestras, y no se conforman con enseñar “la m con la a ma”, a distancia. Los profes de matemáticas, acostumbrados a llenar el tablero con números y signos y paréntesis y corchetes, ahora enseñan con guías y sin meterle tanta tiza a las ecuaciones. Lo mismo sucede en las universidades. Con pocas excepciones, se acabó la presencialidad en las aulas. Desde su casa los maestros se bandean como pueden, porque a ellos también los tomó por sorpresa el cambio de salones y pupitres a la manera virtual. A las mamás les tocó aprender cómo se maneja un computador y ayudarles a sus hijos a hacer tareas, porque todavía hay profesores que creen que  las tareas son necesarias para el aprendizaje, y a las pobres mamás les toca brincar de la olla a Wikipedia y de la escoba a la plataforma virtual.    En síntesis, la pandemia les dañó el caminado a profesores, estudiantes y padres de familia.

En materia educativa, el caminado se les dañó a muchos. También a los dueños de papelerías que en enero hacían su agosto vendiendo cuadernos, lápices, lapiceros, cartillas, cartulinas, bolsos y hasta papel higiénico. (En mis épocas era una pizarra, un lápiz de piedra, una almohadillita y un frasquito con agua para borrar, y listo).

Y se les dañó el negocito también a los restaurantes escolares que les daban gato por liebre a los estudiantes pobres, según dijeron en los noticieros. Y se les dañó a los que vendían helados y  palomitas de maíz y  agua de colores, a la salida del colegio. Y a los almacenes que vendían uniformes escolares y zapatos, todo con el escudo de la institución educativa.

Algo más. Una pregunta ronda en el ambiente y nadie se atreve a responder: ¿Qué hará  el gobierno con esos edificios gigantes, a los que llamaron megacolegios y que ahora se debaten entre la soledad y el abandono? Si ya no vuelve a haber clases presenciales, si de ahora en adelante la tecnología obliga a enseñar y aprender desde la cocina o el comedor, si es cierto que ya el cambio de técnicas educativas está en marcha, ¿qué será de esos elefantes blancos?

Y entonces los contratistas a quienes les fue tan megabien y los que aspiraban a seguir en el meganegocio, ¿ahora qué inventarán? Y los ingenieros y los maestros de obra y los cargaladrillos y los carretilleros y los obreros de palustre y brocha gorda, ¿para dónde cogerán?

Y los dueños de buses y busetas y lechuzas que hacían transporte escolar  ¿a quién llevarán ahora?

La educación no se salvó de la pandemia. Llegó el cambio  y esta vez para siempre. Me lo dijo Rossmary, mi gitana amiga.

gusgomar@hotmail.com