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Cotudos y con paperas

Lunes, 21 de Marzo de 2016
Porque Juanpa, que es el llamado a hacernos la cura, va de mal en peor.

El día que Luis Enrique, el cotudo del pueblo, resultó con paperas, todo el mundo se preocupó. El muchacho, además de bobo, tenía un coto que cargaba como un calabazo al lado izquierdo de su cuello. Pero era un bobo servicial. Hacía mandados, llevaba razones que medio se le entendían porque además era tatareto para hablar, llevaba las vacas al potrero y cargaba agua en un yugo desde la chorrera hasta las cocinas.

De esta manera se ganaba el bocado de comida que le daban en las casas por los oficios que hacía. El día que Luis Enrique no salió a trabajar, todos notamos su ausencia. Y notamos la falta que nos hacía.
Viéndolo bien, el bobo era la persona más importante del pueblo. Hubo crisis en el caserío pues no había quién cargara el agua, ni quién llevara el bastimento a la pensión, ni quién le ensillara el caballo al corregidor y al cura cuando salieran del caserío.

No hubo quién barriera las calles, ni quién tocara las campanas, ni quién le diera cuerda al reloj de la torre.
Fue entonces cuando caímos en cuenta de que la vida en el pueblo sin Luis Enrique no era vida. El boticario del pueblo, don Luciano Manosalva, corrió a ponerle ampolletas. El padre Montes, párroco de la población, organizó un triduo a la Virgen de Las Mercedes, y la bruja Eleuteria le preparó unos bebedizos y le hizo unos pases de sanación.

Los que iban a visitarlo a la casa de bahareque y lucua donde vivía con su mamá, cuentan que era impresionante verlo con el coto a un lado, y al otro, la hinchazón de las paperas.
Pero lo peor fue cuando las paperas se le bajaron. Dicen que trató de hacer alguna forzada y las paperas, que no perdonan, se le bajaron a mala parte. Luis Enrique no pudo caminar durante tres semanas pues la hinchazón en medio de las piernas se lo impedía.

El peor mes en la historia de Las Mercedes lo vivió el pueblo cuando al coto de Luis Enrique se le añadieron las paperas.

He recordado este episodio en la vida de mi pueblo, ahora con la situación de Colombia. Ya veníamos con el coto grande y pesado de las negociaciones en La Habana y el paro de los trabajadores y la venta de Isagén y el vainazo de la Policía con su tal anillo y el Niño llore que llore y la mamá que no le da teta y la mermelada que se pasó de dulce a amarga y el apagón que se nos viene. Era un coto demasiado grande y pesado, que nos jalaba mucho para el lado izquierdo, el lado del coto.

Y cuando estábamos que no aguantábamos con semejante carga, se nos vienen las paperas de la demanda de Nicaragua en La Haya, con el peligro de que se nos bajen como al bobo del pueblo.

Y lo peor, lo más grave, es que aquí no hay  boticario, ni cura, ni bruja que nos den bebedizos, nos pongan ampolletas y nos exorcicen con agua bendita. De modo que no hay salida a la vista, no hay esperanza que nos alivie, no hay fe que nos fortifique.

Porque Juanpa, que es el llamado a hacernos la cura, va de mal en peor. Ya nadie le cree lo que dice. Su popularidad está a ras de piso y parece que va para el sótano. Y, como decíamos en la escuela, se dejó encaramar.  Se la montaron los de La Habana, que ya se sienten dueños del poder.
   
Por el privado le estoy escribiendo al presidente, que es mi amigo, para aconsejarle que aproveche esta Semana Santa para que haga el viacrucis, suba a pie descalzo a Monserrate,  se bañe con las siete hierbas y limpie la presidencia con sahumerio del que prepara mi mujer, con incienso, mirra, eucalipto, esencia de la buena suerte y unas gotitas de aceite del que consagran el obispo y los curas el jueves anterior a la Semana Mayor.

Me da pesar con Juanpa, a quien nada le sale bien. Alguna vieja le hizo hechicería y el hombre se patrasió. Ahora lo veo imbombo, cariacontecido, arrugado y los ojos a punto de llorar.

Me preocupa pensar que a un tipo así, escuálido y todo desfundillado, le nieguen el Nobel y en cambio se lo den a Timochenko y sus alegres muchachos, que andan robustos, barrigones, bien comidos, bien dormidos y con ganas de tomarse el poder a punta de cháchara, ya que no pudieron con las armas.

Y entonces, ¿qué haremos nosotros entre lo oscuro, sin el Nobel y sin  San Andrés y con el peligro de perder también a Cartagena?