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¿Cuándo nos vamos a poner serios?

Sábado, 13 de Noviembre de 2021
Hay múltiples casos de congresistas que abandonan su partido, con el argumento que ya no se sienten ‘cómodos’ en el mismo, pero sin asumir los costos que las normas establecen –las curules son del partido-.

Un interrogante aparece cuando se reflexiona acerca de la política y especialmente la política-electoral, en Colombia. La coherencia. Y se invoca la libertad, la autonomía para decidir cada quién lo que cree le conviene al país. Y al tiempo se trata de descargar en otros –en este caso en los partidos políticos- la responsabilidad de todo lo malo que se le puede atribuir a la política, pero las personas todas se lavan las manos y nadie asume responsabilidades por lo que hace o deja de hacer.

Algunos ejemplos, al azar, de lo que ha venido sucediendo.

Se buscó reglamentar a los partidos políticos y posteriormente se aprobó la denominada ‘ley de bancadas’ buscando así organizar estos mecanismos de representación política. Sin embargo, los partidos políticos nunca han tenido –salvo excepciones- ni una militancia definida claramente y quienes son elegidos a nombre de un partido, tratan al máximo de buscar argumentos para apartarse de la disciplina del partido y no verse comprometidos con las posiciones y decisiones tomadas por la bancada; en ese sentido juega a su favor la ‘elástica’ objeción de conciencia que en la mayoría de partidos tiende a aceptarse. El tema es de tal naturaleza, que incluso cada congresista –representante o senador- invoca los proyectos de ley que él presentó, no su partido o su bancada, evidenciando el carácter absolutamente individualizado de la acción política.

Pero hay múltiples casos de congresistas que abandonan su partido, con el argumento que ya no se sienten ‘cómodos’ en el mismo, pero sin asumir los costos que las normas establecen –las curules son del partido, no del representante-; así que terminan pasando de un partido a otro, no propiamente por razones ideológicas o políticas, sino por conveniencias personales –casi siempre de tipo electoral-. 

Igualmente, hay casos de partidos en los que los congresistas o delegados a sus cuerpos decisorios, eligen un director o un jefe –ya sea unipersonal o colectivo- y después ya no les gusta y se salen para crear otro partido o movimiento político. Pareciera que se sienten cómodos en el partido mientras están los amigos cercanos en su dirección, pero si hay una tendencia distinta que toma fuerza al interior del partido, se alejan o acusan al partido de manipulación de las reglas.

Algunos alegan la existencia de prácticas clientelistas al interior del partido, pero parecen sufrir de transitorias amnesias, porque se olvidan que en el pasado reciente, cuando ejercieron posiciones de poder actuaron de manera similar. Alguna vez Augusto Ramírez Ocampo, ese extraordinario trabajador por la paz, nos comentaba como en sus tiempos de joven era común que el perdedor en una elección acusara al ganador de ‘manzanillo’.

En otras ocasiones y aprovechando la legislación favorable para construir listas electorales de ‘coaliciones’, se terminan armando unos verdaderos ‘salpicones’ políticos que al final una parte de la lista apoya a un candidato y otra parte al otro. Con lo cual la única conclusión que parece quedar es que se trataba de ‘pegar’ candidatos para superar el umbral y poder de esa manera participar de la distribución de curules.

Todo lo anterior nos lleva es a formularnos preguntas como la que encabeza este escrito. Es decir, cuándo nos pondremos serios y especialmente los que aspiran a ser representantes en corporaciones públicas, o más aún liderar el gobierno nacional, en el sentido de tener una mínima coherencia político-ideológica y no estar cambiando de partido, de aliados políticos y echarle al mismo tiempo la culpa a los rivales. Y esto, por supuesto, también aplica para todos los demás, votantes y ciudadanos del común, que asumen de manera ligera la relación con lo público-electoral.
 

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