¿Cuándo volveremos al río?

Jueves, 28 de Enero de 2021
Los domingos eran nuestros sancochos de olla. Trifásicos que llaman: carne de res, gallina y carne de cerdo.

Son varias las cosas que hemos extrañado en este retiro obligatorio al que nos han sometido el presidente Duque y el Coronavirus. Pareciera que los dos se hubieran puesto de acuerdo para someternos al encierro en el hogar, dulce hogar,  a veces sin poder ni asomarnos a la puerta. 

En diciembre no pudimos asistir a las misas de aguinaldo, con el encanto de las madrugadas, ni pudimos rezar la novena  al aire libre, en reunión que terminaba en bailoteo. Pero es que ni siquiera hemos podido volver a la misa dominical. El padre Astete nos enseñó los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, y entre ellos uno muy importante que decía: “Asistir a misa todos los domingos y fiestas de guardar”. Pero al reverendo se le olvidó añadir: siempre y cuando no haya pandemia. Las viejitas no pudieron volver a comulgar,  los cantores de la iglesia no pudieron volver al coro y los que recogían limosna no pudieron llenar el tatuquirecogerlas.

Los maestros dictan sus clases desde el comedor,  los empleados trabajan desde la sala, los jefes dan órdenes desde la cama. Los únicos que no pueden quedarse en calzoncillos todo el día en sus casas, son los médicos, las enfermeras y los policías. A ellos les toca ponerle la cara al sol y al coronavirus.

No pudimos volver al Malecón los viernes por la noche,  a contemplar la luna, disfrutar de las brisas del río y escuchar acordeones y guacharacas de los grupos vallenatos.

Pero lo que más extrañamos yo y mi familia y mis amigos son los paseos al río Zulia y al Peralonso y al Pamplonita en La Garita, algunos domingos, mejor dicho, los domingos de fin de mes.  Eran nuestros sancochos de olla. Trifásicos que llaman: carne de res, gallina y carne de cerdo.

El sábado empezaban los preparativos  y la distribución de lo de llevar, por familias, que casi siempre era lo mismo: Los primos, las carnes; los cuñados, el bastimento; los sobrinos, las ollas y la leña. Parece un contrasentido, llevar leña pal monte, pero ahora la leña se consigue en la ciudad y no en el campo. Así es la vida. Un vecino aportaba el camioncito en el que nos metíamos todos con todo, y los tíos llevaban la cerveza. De pronto alguien se aparecía con una botella de wisky o de ron, y entonces la algarabía era mayor. Música nunca faltaba. Tampoco faltaban parejas para rumbear en la arena, mientras se cocinaba el sancocho. Yo, por ser el organizador, estaba exento de toda contribución.

Nos íbamos temprano para coger un buen puesto, en alguna playita con buena sombra y árboles para colgar la hamaca. Ya en el río, yo seguía dando órdenes: Marta y Josefa a pelar yuca y plátano. María del Carmen, a preparar el fogón y soplar candela. Margarita, a despresar las gallinas y Azucena a preparar el pichaque. Los demás, al pozo, cerveza en mano. Se hacían relevos en la cocina, para que todos disfrutaran del baño, de la rumba y la cerveza.

El almuerzo se servía en hojas de plátano y la sopa en tazas de aluminio que llevaba el encargado de los trastes. Los amigos de la pesca salían del río con algunos panches que asaban a las brasas y eran un bocado exquisito para el director de la faena.

Todo se acabó, y quién sabe hasta cuándo. Yo, al igual que Maduro, ando prendido del Beato José Gregorio para que acabe de una vez por todas con esta peste. A ver si podemos volver al río. Están invitados.

gusgomar@hotmail.com