De loncheras y avíos

Jueves, 4 de Febrero de 2021
Decíamos que cuando eso no había loncheras. Lo más parecido era el envoltijo que los arrieros llevaban en una mochila de fique para almorzar en el camino.

A las nueve tocaban la campana para salir a recreo. La campana era un pedazo de hierro que colgaba de una viga y al que se golpeaba con una varilla o un martillo. La estampida era total. Los escuelantes salíamos corriendo  a la plaza, que estaba situada frente a la escuela.  No había parque, sólo un espacio grande cubierto de grama y un samán en el centro, en una esquina un mango que daba sombra y una palma erecta y elegante en otra esquina. Lo demás era un universo para que jugara el futuro del pueblo, es decir, los niños. 

Pero en ese tiempo no había loncheras. De modo que antes de comenzar los juegos en la plaza, íbamos a la casa a tomar las medias nueves. El recreo era de una hora y entonces teníamos tiempo de ir a tomar aguamiel con un pan de dos centavos (más o menos igual a un pan de doscientos pesos, hoy), que vendían donde las Ortegas o  en la panadería de las Camperos, para después volver a la plaza a jugar al Gato y al Ratón (“A que te cazo, ratón”. “A que no, gato ladrón”), a la Lleva, al Trompo, al Puente está quebrado… Todavía la fiebre del fútbol no había llegado a Las Mercedes y no había balones, ni arquerías, ni delanteros, ni se cantaban goles. El mundo estaba empezando. 

Decíamos que cuando eso no había loncheras. Lo más parecido era el envoltijo que los arrieros llevaban en una mochila de fique para almorzar en el camino. En hojas de plátano, la mujer del arriero le preparaba el avío: carne asada, yuca y plátano. La jornada de los arrieros era larga desde el pueblo hasta Sardinata: Tres días de ida y tres días de regreso. En el camino había posadas, donde además, las mulas encontraban pastos y agua.

Con la carretera llegó el progreso, se acabaron los arrieros y con el progreso llegaron las loncheras. Entonces los niños mercedeños entraron en la onda de llevar lonchera al colegio.

Se trata de una cajita de plástico o de metal que se cuelga al hombro. En la espalda va el morral lleno de cuadernos y de libros. La lonchera es aparte. En ella va un pedazo de pan, un pedazo de queso campesino, una mandarina y una botellita de jugo. O al revés: una botellita de jugo, una mandarina, un pedazo de queso y un pedazo de pan.

No es tanto lo que lleve una lonchera. Es lo que significa. Es el amor de la madre, que no se come una manzana para echársela al pequeño en su lonchera, y que prefiere tomarse el chocolate sin queso con tal de que su pequeño se lo coma a la hora del descanso.

Alguna vez supe que en algún colegio lejano, una pandilla de muchachos de bachillerato se pasaban al patio de los pequeños a robarles el contenido de las loncheras. Cuando los pillaron, fueron expulsados del colegio, pero los robos  de loncheras siguieron. El hecho llegó a la prensa y el escándalo fue tan grande que los padres sacaron a sus hijos del colegio y el colegio quebró. Las loncheras quebraron el colegio.

Con  frecuencia se habla de la ingratitud, el peor pecado de la humanidad. Pues bien, se dice que hay gente que patea su lonchera. Es decir, por ingratos, destruyen lo que les sirve, lo que les conviene. Patear la lonchera es ser desagradecidos con quien tiende la mano para ayudar. Y en pandemia sí que hay gente que patea el avío o la lonchera.

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