De malos polvos y polvos buenos

Jueves, 4 de Marzo de 2021
Era lo que nos faltaba. Un mal polvo en medio de la pandemia. Porque es tan nocivo, éste de ahora, que carga hongos, bacterias, virus, esporas, ácaros, gérmenes de pestes y químicos perjudiciales.

El de ahora viene de África. Dicen que del desierto del Sahara y que ya ha empezado a cubrir algunas de nuestras ciudades y caminos. Se trata de un polvillo fino -porque no todos los polvos son finos ni delicados, valga la aclaración-, que atraviesa el océano Atlántico y llega hasta nosotros, hasta nuestra atmósfera  y puede causarnos daño.
   
Era lo que nos faltaba. Un mal polvo en medio de la pandemia. Porque es tan nocivo, éste de ahora, que carga hongos, bacterias, virus, esporas, ácaros, gérmenes de pestes y químicos perjudiciales. Mejor dicho, tras de  cotudos, con paperas.
   
Se trata de un fenómeno posiblemente causado por los cambios climáticos. En los desiertos se forman tormentas de arena que arrastra el viento y acaba nutriéndose de sustancias venenosas, pero avanzan con tanta fuerza y velocidad que pueden llegar hasta nosotros. 
   
Los científicos y los que saben de polvos aconsejan cuidarnos en salud. Protegernos con gorra o sombrero (en todas partes es mejor la gorra que el sombrero), cubrirnos la cara, evitar que el polvo nos caiga en ojos, nariz o boca, y como en la cuarentena, no salir a buscarle males al cuerpo, porque el polvillo cae sobre las calles, sobre la gente, sobre las plantas, sobre los animales, es decir, todos andamos expuestos a un mal polvo en cualquier momento.
   
Afortunadamente los humanos nos hemos acostumbrado al tapabocas, que así como nos protege del coronavirus, también nos puede proteger de este malhadado polvo africano.
   
No es el único polvo malo, éste que ahora estamos padeciendo. De vez en cuando se lanzan a las calles cuadrillas de obreros a abrir huecos, a dañar pavimentos, a causar destrozos y trancones, con la inmediata y lógica consecuencia de levantar nubes de tierra y polvo, que se meten a las casas y todo lo inundan, todo lo cubren, todo lo dañan.

-¿Y ese polvo? –preguntan los señores cuando llegan a la casa.

-Los obreros que están abriendo zanjas en la calle –contestan las señoras.
   
Nadie puede hacer nada, nadie tiene  dónde quejarse, nadie tiene respuestas. Alguien los manda a hacer trabajos, necesarios o no, y ahí nos toca aguantarnos ese polvo.
    
Yo no me explico por qué los libros son tan propensos a llenarse de polvos viejos. Cada vez que uno va a buscar un libro de la biblioteca, lo encuentra lleno de tierra, de polvillo fino, de sustancias que vuelan. Ahí mismo aparecen los estornudos, el dolor de garganta, ardor de ojos y piel irritada. Es otro polvo malo que nos ataca. Lo mismo sucede con los archivos de las notarías, de las academias y de los despachos parroquiales.
   
Los agricultores saben que a veces las cosechas se dañan por culpa de polvos que caen sobre los frutos cuando apenas están en formación. Las imágenes de los santos, en las iglesias, también se llenan de polvo y tierra, por lo que el cura y el sacristán y la secretaria deben estar pilas en las labores de limpieza permanente. 
   
Sin embargo, también hay polvos buenos. El de los miércoles de ceniza, con que nos embadurnan la frente a los católicos, por ejemplo, nos conduce a la cuaresma y a la salvación. El rubor que las mujeres se echan en las mejillas para disimular arrugas y señales de vejez, es polvo bueno.   El polen que transportan las abejas de flor en flor es un polvo bueno. Tan bueno que dicen que el día que se acaben las abejas se acabará la humanidad. Así, pues, tratemos de buscar polvos buenos para nuestra salud y remedio.

gusgomar@hotmail.com