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Discriminación y linchamiento

Viernes, 12 de Agosto de 2016
Las iglesias cristianas, católica y muchos políticos de línea tradicionalista y conservadora lograron la movilización de numerosos ciudadanos.

Solo en Colombia se podría presentar un debate tan absurdo de un tema que por supuesto gracias al pésimo manejo informat ivo dado por la ministra de Educación Gina Parody, terminó para ella en un verdadero linchamiento mediático por parte de las organizaciones religiosas que en este país no perdonan tanta papaya puesta por una funcionaria un tanto arrogante, independiente de sus capacidades para estar al frente de su cartera.

La ministra desde el mismo día que sale a luz pública la filtración del documento sobre las instrucciones para evitar la discriminación en los colegios y escuelas del país por motivos de género o identidad distinta al género, debió salir a aclarar las dudas que se cernían como bola de nieve sobre una opinión pública propensa a la desinformación, al odio y a la defensa de valores, respetables por supuesto de acuerdo a las propias creencias religiosas, pero que de ninguna manera pueden estar por encima de los mandatos constitucionales que prevalecen en un Estado laico y no confesional como lo es Colombia.

Y ahí fue Troya.  La opinión pública influenciada por las iglesias cristianas, la iglesia católica, y muchos políticos de línea tradicionalista y conservadora, lograron la movilización de numerosos ciudadanos en las ciudades que protestaban porque según ellos el ministerio estaba obligando a una “ideología de género”, en los manuales de convivencia de los establecimientos educativos. De manera sorprendente asistimos a unas protestas multitudinarias que ni siquiera fenómenos más graves que ocurren a diario en este país de Ripley han movido a la opinión pública como en esta ocasión.

Aquí podemos seguir viendo como los niños mueren por desnutrición en departamentos donde los políticos se roban los recursos de la alimentación, aquí se robaron Reficar, se robaron los recursos de la energía eléctrica, se roban a diarios los recursos de la salud que matan a miles de compatriotas, se reparten los puestos públicos como piñata, los jueces dejan libres a criminales mientras la Corte Suprema de Justicia trata al gremio médico como delincuentes y, sin ir más lejos, vamos a perdonarle a un grupo en cuestión, delitos atroces para lograr la paz, y esto no conmueve a nadie.

Sin embargo, enseñar a los educadores de las nuevas generaciones a respetar las diferencias de género, a respetar las minorías, a respetar al que piensa diferente se vuelve toda una ofensa para miles de ciudadanos que conviven con las peores desigualdades, con las contradicciones más grandes de conciencia, y con una doble moral que me recuerda los tiempos  negros de la Iglesia católica que en cabeza de sus curas y obispos abusaron de niños y jóvenes alrededor del mundo con la complacencia y el silencio cómplice de sus altos jerarcas.

Por lo anterior es que se siente una gran desolación por el futuro de las nuevas generaciones en este país, no hemos logrado superar el fanatismo, el odio, la intolerancia, el linchamiento desde la clandestinidad, la poca capacidad que tenemos de perdonar, de no discriminar y de  respetar las diferencias.

Seguimos sumidos en la Edad Media de la razón, nos parecemos un poco a los fundamentalistas que quieren destruir a los que no comulgan con sus credos y sus verdades, miramos para otro lado con las barbaridades  atroces que ocurren a diario, pero nos sentimos fuertes cuando nos llaman a atacar a los que piensan y viven diferente a la mayoría. Esta es la ideología que movilizó a los nazis  y a los fascistas.

Este es el pensamiento que sí reviste un peligro altísimo para nuestra sociedad. No lo es el exigir el respeto, la tolerancia y la no discriminación, esos miles de padres que salieron a protestar deben hacer un profundo ejercicio de conciencia.

De todo esto, el Gobierno debe sacar lecciones para no caer nuevamente en propiciar con sus actuaciones poco claras, el levantamiento de grupos que siempre están dispuestos a pescar en río revuelto, y que lo único que buscan es llevar al retroceso en las batallas ganadas constitucionalmente por las minorías como ocurre en países democráticos que han alcanzado un nivel de convivencia y desarrollo libre de sus ciudadanos en el marco del respeto mutuo y la consagración de los derechos humanos sin distingo de raza, religión, preferencias sexuales, diferencias de género, modelos de familia o doctrinas que no caben en estos preceptos.