El bamboleo

Martes, 18 de Mayo de 2021
Cúcuta empezó a moverse feo, de arriba abajo y de un lado a otro. Se cayeron las casas y los pocos edificios que había,  y las calles se taponaron de escombros.

Hoy hace exactamente 146 años.  Cerca del medio día. Algunos estaban almorzando, otros bostezaban y algunos estaban en el parque Santander presenciando una retreta que allí había. Y chismoseando. 

Dicen que  los días anteriores habían escuchado unos ruidos extraños y que habían sentido algún ligero temblor de tierra, pero la cosa no pasó a mayores. Lo cierto es que ese 18 de mayo a las 11 y piquito de la mañana,                                                                                                  

Cúcuta empezó a moverse feo, de arriba abajo y de un lado a otro. Se cayeron las casas y los pocos edificios que había,  y las calles se taponaron de escombros. Las gentes corrían, y hacia donde corrían  les caían paredes y techos y puertas y ventanas. El desbarajuste fue total. Unos rezaban, otros gritaban, los más lloraban, y muchos quedaron sepultados bajo los derrumbes. San Emigdio, el santo patrono contra los terremotos, no se dejó ver ese día. Tal vez otros temblores lo tenían ocupado. Desde entonces se acuñó un refrán que se les dice a los incumplidos: “Quedó más mal que san Emigdio en Cúcuta”.

Aseguran que hubo más de tres mil muertos en una ciudad que tenía cinco mil habitantes. Nunca Cúcuta se había bamboleado tanto como ese día.  Ni antes, ni después, gracias a Dios.
A los locos nadie les para bolas. Pero  cuentan que un loquito iba por las calles el día anterior gritando: “Huele a Lobatera. Tengan cuidado que huela a Lobatera”. Lobatera es una población del estado Táchira, Venezuela, donde años atrás había habido un terremoto, y el hombre fue de los pocos que quedaron para contar el cuento. Quedó tan mal, que se le corrió la teja y a Cúcuta vino a dar. Pero, como si fuera profeta, sentía que algo grave iba a ocurrir en esta ciudad. El loco  se retiró ese día a las afueras de Cúcuta y desde allí presenció la destrucción de la ciudad.  Y llorando dizque decía: “Yo se los dije, yo les dije que olía a Lobatera. Es el mismo olor que se regó allá”.

El loco tenía razón. Los locos casi siempre tienen la razón. Y en cambio los que nos creemos cuerdos no siempre tenemos razón. Somos más locos que los locos.

Lo bueno de la tragedia de ese 18 de mayo es el ejemplo que nos dieron los sobrevivientes. Enterraron a sus muertos, los lloraron, les hicieron el novenario y se establecieron en el corregimiento de La Vega.                                                                                                                

Pero desde allá arrancaron a trabajar: dejaron la lloradera, se amarraron los calzones y empezaron a reconstruir la ciudad. Con la orientación de un ingeniero venezolano, Francisco de Paula Andrade, hicieron trazados, sembraron árboles por todas partes, abrieron calles y avenidas, y la vaina se volvió a poner buena. A Cúcuta la llamaron la Perla del Norte, Vitrina vendedora, El mejor Vividero del mundo, y seguía pujando y creciendo. Tuvo ferrocarril, empresas varias, tranvía urbano y muchas cosas más.  Lo que pasa es que dejamos acabar todo: vendieron unas empresas, regalaron otras, en fin, se agotó la verraquera. Cúcuta se nos patrasió. 

Pienso que nos falta otro bamboleo, no de la  tierra sino de voluntades y de dirigentes.   A un tal Piringo lo sorprendieron robando. Se metía haciéndose el soco dizque a ayudar, pero iba llenando el morral de relojes y de anillos y de celulares y de billetes. Aprovechó el desorden para hacer su mayo florido. Lo mismo que hoy muchos se aprovechan de la pandemia y de los paros.  Pero lo agarraron y de una lo pasaron al papayo. No. Al cañafístolo, porque no había papayos.       
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