Escuchar este artículo

El día que cayeron las Torres

Martes, 14 de Septiembre de 2021
Apenas estábamos registrándonos para enviar los listados a la Coordinación de Desastres, cuando un editor gritó: “Hijos de puta, es un ataque terrorista”. A toda velocidad, una segunda nave se acercaba y, chocó contra la segunda torre.  

El día era radiante. Lo primero que hice fue votar y luego fui a mi trabajo como editora de Beverage World en Español, localizado en el Bajo Manhattan. Ni siquiera en la peor de mis pesadillas podía imaginar que iba a ser testigo directo de un atentado terrorista. Estábamos en la reunión mensual de editores cuando un compañero gritó: “esa avioneta se va estrellar contra las Torres Gemelas”. 

Corrimos al ventanal. Despacio—como en las películas—el aparato fue arrimándose a la edificación y se estrelló dejando una estela de humo negro. Ninguno de nosotros hablaba. Demudados mirábamos alelados lo que estaba pasando. 

Sonó la alarma interna de nuestro edificio. Meses antes habíamos participado en un ejercicio sobre lo que tendríamos que hacer en caso de un desastre: terremoto, maremoto, ataque terrorista... 

Los altavoces solicitaban la colaboración de aquellas personas que hablaban un segundo idioma y sobretodo, de aquellos que se habían registrado para donar sangre, en especial los donantes que tenían tipo de sangre universal. Los 0 positivos y 0 negativos. 

La revista hacía parte de un conglomerado de revistas especializadas en bebidas, comidas, jardinería, decoración y temas afines. Éramos 15 mil empleados en todo el mundo, pertenecientes a 56 países y hablábamos entre todos 35 idiomas y dialectos. De igual manera, pertenecíamos a todas las religiones dominantes y algunas variables. El idioma común era el inglés y el racismo, la xenofobia y la discriminación eran prohibidos por el reglamento. 

Apenas estábamos registrándonos para enviar los listados a la Coordinación de Desastres, cuando un editor gritó: “Hijos de puta, es un ataque terrorista”. A toda velocidad, una segunda nave se acercaba y, chocó contra la segunda torre.  

Horrorizados veíamos arder y derrumbarse los mundialmente famosos “gemelos”, el símbolo—hasta entonces—de nuestra Nueva York, la capital del mundo. 

Durante varios minutos nadie pronunció una palabra. Atónita escuché los primeros insultos contra nuestros compañeros musulmanes. Personas que dos horas antes los habían saludado joviales, ahora los maltrataban por su religión. 

Las mujeres lloraban. Los celulares no funcionaban. En tropel nos fuimos a nuestros puestos de trabajo a buscar un teléfono. Sólo pude hablar con mi suegro, quien estaba muy acongojado. Stu estaba en viaje de negocios y no supimos de él hasta por la noche.  

Hacia las once de la mañana, fuimos a donar sangre. Me sacaron dos bolsas. Media docena de mujeres embarazadas gemían preguntando si sus bebés por nacer verían la luz del sol. 

El olor a carne quemada invadía el Bajo Manhattan. Más de dos mil de nuestros hermanos neoyorquinos ardían frente la mirada atónita del planeta. 

Docenas de personas deambulaban semidesnudas por las calles. Algunos restaurantes ofrecían comida gratis a los heridos y a las mujeres. 

Cientos de personas caminábamos como sonámbulos, casi todos descalzos. 

La calle Broadway era una procesión de penas. Casi todos llorábamos de dolor, de impotencia, de angustia, aunque los más desalmados aprovecharon para saquear los negocios, muchos abandonados abiertos, en medio del caos.  

Otros insultaban y atacaban a mujeres y hombres musulmanes, acusándolos de terroristas y de “estar felices con el ataque”. Las mujeres se vieron obligadas a quitarse los velos y la mayor parte de la ropa negra que llevaban, mientras que los hombres abandonaron sus turbantes. Los neoyorquinos amables y tolerantes con los inmigrantes se mostraron hostiles y agresivos con personas inocentes, sólo por su apariencia física. 

El humo negro y el olor a carne quemada nos perseguían como perros de caza. No había forma de esquivarlos. Estuve casi cinco años sin ser capaz de comer carne asada. 

En la calle 59 se nos apareció la Virgen en forma de volqueta. Nos llevó hasta Queens. 

De ahí fue fácil llegar a casa. Estuve muchas noches sin dormir. Volver a la oficina fue una odisea mental. El miedo nos agobió por meses. En voz baja nos preguntábamos si el ataque se repetiría ese día. 

Finalmente, la vida venció. Le doy gracias a Dios por preservar mi vida, por segunda vez, y vivir para contarla.