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El día que la tierra se bamboleó

Jueves, 19 de Mayo de 2022
Cúcuta antes y después del terremoto del 18 de mayo de 1875.

Cúcuta era una ciudad tranquila, de mucho comercio, habitada por cucuteños y foráneos, sobre todo europeos que aprendieron a decir “toche” y consiguieron mujer cucuteña y echaron raíces, convencidos de que Cúcuta era y es el mejor vividero del mundo, según frase que alguien hizo famosa.

Los cucuteños eran una mezcla de sangre indígena y española, a la que después se le sumó sangre italiana y maracucha y alemana y costeña y rola y paisa y de muchas otras partes. Es decir, toda una feria de transfusiones.

Así se formó un tipo de raza emprendedora, que madrugaba a trabajar y al medio día no se perdía la siesta, que vivía de la agricultura y del comercio, y que rumbeaba los fines de semana. La vida del cucuteño era sabrosona.

Pero un mal día, el 18 de mayo de 1875 (ayer hizo 147 años) a los cucuteños se les dañó el caminado. A eso del medio día, la tierra empezó a moverse, a bambolearse, a sacudirse. La cosa fue terrible, según dijeron los pocos que quedaron para contar el cuento. Primero se escuchó un ruido sordo y grueso, como salido de las profundas entrañas de la tierra, y luego, uno, dos, tres temblores, cada vez más fuertes. Fueron quince segundos de muerte.

Las casas se vinieron al suelo, la gente quedó apachurrada, los árboles se desgajaron, la tierra se agrietó. Era costumbre de la época almorzar temprano, pero ese día las señoras se quedaron con el almuerzo servido. Se salvaron algunos que andaban en la calle y los curiosos que estaban en parque presenciando una retreta diurna con que la banda municipal alegraba el mediodía. Los músicos salieron corriendo y dejaron tirados los instrumentos, mientras la iglesia y los pocos edificios se derrumbaban alrededor del parque.  Sólo se escuchaba el estruendo de las paredes al caer y los gritos de angustia y desesperación de los habitantes que no sabían hacia dónde correr. Muertos, heridos, sangre, ruinas, confusión y una nube de polvo gruesa que se regó por la ciudad, fueron el balance de aquella triste fecha.

San Emigdio, el patrono contra los terremotos, ese día no acudió a los llamados del cura y de los feligreses. Desde entonces, cuando alguien no funciona como debe ser, le dicen que “queda más mal que san Emigdio en Cúcuta”.

Los sobrevivientes, acongojados, atontados y adoloridos por la desgracia, empezaron a caminar en busca de un sitio seguro, con el temor de que los temblores continuaran. Así llegaron a La Vega, (hoy el Pórtico, perteneciente al corregimiento de San Pedro), donde se instalaron bajo toldos y cobijas, que les facilitaron los vecinos. Desde allí empezó a funcionar la alcaldía del municipio.

Al día siguiente regresaron y el panorama que hallaron fue aterrador: ruinas, escombros, muertos, heridos. Calculan en más de tres mil los muertos del terremoto, en una ciudad de siete mil habitantes.

No faltaron los saqueadores que, como siempre sucede, se aprovecharon del desorden para robar lo que podían. Pero las autoridades pillaron a un tal Piringo, y de una, sin fórmula de juicio, lo pasaron al papayo. Los  saqueos terminaron. Dicen algunos que así debe ser.

Pero lo más importante del cuento, es que la ciudad fue reconstruida, mejorada y siguió adelante. Y hoy, sigue siendo el mejor vividero del mundo. Bien por los reconstructores de la ciudad. Su ejemplo debe iluminarnos.

Sobremesa

Esta tarde, a las 6:00 p.m., en la Quinta Teresa, haré la presentación de mi libro “El pueblo de los molinos de viento y otros relatos”. Están todos invitados.   gusgomar@hotmail.com

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