El dulce sabor de la venganza

Miércoles, 30 de Diciembre de 2020
El 2020 no fue la excepción. 

Has de saber, mi pequeño Saltamontes, que esta vez todos andamos machiros, o para decirlo en términos más gráficos, “al perro no lo capan sino una sola vez”. Digo esto  porque los otros años nos despedíamos del año que se iba con lágrimas, igual que se despide a un pariente cuando se lo llevan p’al cementerio. Le dábamos el adiós  definitivo con lágrimas, con tristeza, con besos de infortunio. Y en cambio al año que llegaba lo recibíamos con polvoradas de alegría, con besos aguardientosos, cucos amarillos,  deseos de ventura y muchas ganas de cosas mejores.

El 2020 no fue la excepción. Le dimos la más calurosa bienvenida, porque decían los astrólogos, los adivinos y las brujas que sería el mejor de muchos años a la redonda del tiempo, por su extraña composición numérica, en la que se repetían dos cifras.

En mi casa, por ejemplo, nos preparamos de la mejor manera: reemplazamos el roncito encocacolado de siempre por una marca de un wisky extranjero. En lugar del tamalito de la media noche, cenamos con pernil de pavo relleno, al horno. Para toda la familia, incluidas las primas recién llegadas de Venezuela, hubo ropa interior amarilla. Y si bien no quemamos voladores, nos le arrimamos al vecino mafioso que hizo derroche de pólvora de luces. No nos faltó el baño con las siete hierbas para la buena suerte, ni el recorrido, maleta al hombro, por las calles del barrio, porque las vacaciones de mitad de año serían en el mar de los siete colores.

Estoy seguro de que así como nosotros, hubo mucha gente que gastó lo que tenía y lo que no, para darle al 2020 el saludo que no se le había dado a ninguno de los anteriores.

Y miren con lo que nos salió este 2020. Después de que quedamos enculebrados hasta los tuétanos por su culpa, después de que todo se los dimos, como canta un bolero, vean lo que nos hizo este hijuetantas. Los invito a ustedes, mis queridos lectores, a que digan  la grosería completa, ya que yo no puedo hacerlo en esta columna: la directora me regaña y no faltan los lectores que se escandalizan y ponen el grito en el cielo.

Este doble veinte se llevó y se sigue llevando amigos, enfermeras, médicos, compañeros de escuela, profesores, escritores, curas, de todo. No tuvo consideración ninguna con nadie, y para cumplir sus malvados propósitos, se valió de otro hijuetantaS, un coronavirus, de lo peor que ha podido parir el mundo de los malvados.  

Por eso digo que estamos machiros. Ya no le creemos las mentiras con que se viene anunciando el 2021. Por eso, este año, nada de cucos amarillos, nada de baños de la buena suerte, nada de riegos ni de sahumerios. Nada de brindar con el mejor licor ni de atragantarnos con las mejores viandas. Los abrazos y picos, de manera virtual.

Y nada de llorar a la media noche. El viejo creerá que lloramos por él, y eso sí que no. Si se nos escapa una lágrima, que sea de tristeza por los que hoy no nos acompañan. Pero prométanme algo: que ayudemos a meterle candela a ese viejo.  Que explote, que se reviente, que estalle, que se consuma en llamas y que sus cenizas se pierdan. Que se hunda en los profundos infiernos y que don Sata lo ensarte con su trinche para que nunca más salga a hacer daño. Así disfrutaremos el inmenso placer de la venganza. Y que nos perdone Dios, que nos perdone. 

gusgomar@hotmail.com