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El ocaso de Bush

Sábado, 31 de Octubre de 2015
Jeb Bush fue declarado, unánimemente por los medios, como el gran perdedor del debate.

Jeb Bush, el segundo hijo del expresidente George H W Bush, era considerado por muchos republicanos y personas cercanas a la poderosa familia, como más capaz que su hermano mayor, George, y mejor posible candidato a la Presidencia en  el 2000. Se decía que era más inteligente, más serio y estudioso. Sin embargo, añadían, había pesado la tradición del  respeto a la regla del mayorazgo.

De allí que en el actual ciclo electoral, las expectativas por el lanzamiento de Jeb como candidato eran muy grandes. Tan grandes, que aún antes de que hiciera su lanzamiento formal, la organización que formó para apoyar su candidatura, logró recoger aportes por un total de 100 millones de dólares. Se consideraba que, después del prolongado proceso de las primarias, resultaría el indiscutible candidato de los republicanos, capaz de enfrentarse exitosamente a la más segura candidata demócrata, Hillary Clinton.

Pero este verano fue largo y difícil para Bush. No logró arrancar en las encuestas.  Los precandidatos más populistas como Trump y Carson marcaban muchos puntos por encima del candidato del establecimiento y se colocaban en los primeros lugares. La gente se comenzó a desconcertar y los apoyos financieros a la campaña de Jeb, a disminuir. Sus más fieles seguidores explicaban que, después de varios años sin participar en campañas, Jeb estaba un poco oxidado. Pero que su capacidad seguía intacta y la demostraría en el otoño, una vez el público se desilusionara con los “loquitos” que venían copando la atención y estos se retiraran de la contienda.

Llegaron el primer y segundo debates republicano y Jeb no sacaba la cara. Parecía un fantasma. No lograba musitar dos frases seguidas o reaccionar ágilmente frente a las oportunidades para opinar y anotarse puntos. Las alarmas comenzaron a mostrar luces anaranjadas y el establecimiento volvió su mirada hacia el joven Marcos Rubio, quien había sido promovido en la política de la Florida por el propio Jeb.

El miércoles pasado se celebró el tercer debate republicano. “En esta oportunidad, Jeb si mostrará su metal y su capacidad de liderazgo”, afirmaban sus más cercanos colaboradores. Llegó el debate y cuando los periodistas cuestionaron a Marcos Rubio por sus largas ausencias de las sesiones del Senado, Jeb se colgó de allí y apoyó el editorial de un periódico de la Florida en el sentido de que si el Senador no estaba dispuesto a cumplir con sus obligaciones en la Cámara Alta, debía renunciar.

No terminó Jeb de hablar cuando Rubio le respondió a su antiguo mentor mirándolo fijamente a los ojos: “la razón para que me ataque ahora es la de que estamos compitiendo por la misma posición. Alguien lo convenció de que atacarme lo va a ayudar”. Jeb quedó mudo e incapaz de reaccionar.

Más adelante, Jeb fue ridiculizado por el Gobernador de Nueva Jersey por presentar como gran propuesta la regulación del futbol electrónico, cuando los Estados Unidos se enfrenta a graves problemas internos y externos. De allí en adelante, Bush adoptó una sonrisa medio tonta y prácticamente desapareció del debate.

Hay que admitir que el tercer debate republicano pareció más bien un cuadrilátero de boxeo, con diez boxeadores simultáneos, lanzándose golpes los unos a los otros y atacando a los periodistas que cumplieron el papel de provocadores, con preguntas subidas de tono. Ese no es el mejor escenario para presentar coherentemente propuestas sustantivas. Pero lo grave para Jeb es que no demuestra la agilidad mental necesaria para reaccionar.  Más aún, en las entrevistas uno a uno con los medios, ha mostrado igual incapacidad para expresarse inteligiblemente. La sintaxis se le enreda y las palabras demoran en aflorar.

Jeb Bush fue declarado, unánimemente por los medios, como el gran perdedor del debate. Varios comentaristas se han atrevido a sugerirle que se retire de esta campaña, y permita que recursos humanos y financieros del establecimiento republicano se canalicen a otro candidato más capaz como Marco Rubio. ¡Gran humillación!