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El Palacio de San Carlos
Dos veces la vida me ha llevado a un lugar icónico de la patria.
Sábado, 30 de Julio de 2022

La vida me ha concedido muchas oportunidades de conocer lugares emblemáticos alrededor de mi región, del país, de América Latina y el mundo, muchas veces en funciones públicas, otras como investigador de la historia y finalmente, como turista. 


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No hay que desaprovechar el momento de cuando se llega a un lugar; además de ver su estructura arquitectónica, arte y contexto, resulta interesante indagar sobre los hechos relevantes que han sucedido en ese espacio geográfico. 

Dos veces la vida me ha llevado a un lugar icónico de la patria. La primera, la exposición de la conferencia ‘Bicentenario de las relaciones internacionales de Colombia con el mundo después de la Constitución de 1821’ y la segunda, la entrega de informes al Gobierno de Japón de mi trabajo en Camboya. Me refiero al Palacio de San Carlos que se encuentra ubicado en Bogotá, en la actual calle diez con carrera quinta; data del siglo XVI y hoy día alberga el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Su construcción fue ordenada por Francisco Porras Mejía, encargado de la catedral, a finales del siglo XVI (aproximadamente en 1580). La mansión fue levantada con piedras de las canteras de la sabana y vigas traídas de las selvas granadinas y se utilizó como vivienda particular hasta el 18 de octubre de 1605, cuando los herederos del encargado de la catedral la vendieron al arzobispo de Santafé, fray Bartolomé Lobo Guerrero, quien la adjudicó bajo la dirección de la congregación de los jesuitas, que la convirtieron en un seminario y lo regentaron hasta su expulsión en 1767 por orden del rey Carlos III de España. 

A partir del 7 de enero de 1777 se convirtió en primera sede de la Biblioteca Pública de Santafé, que comenzó a funcionar como Real Biblioteca con los libros confiscados a los jesuitas tras su expulsión, siendo el más destacado de sus primeros directores, por designación del virrey José Manuel de Ezpeleta, el poeta y escritor cubano Manuel del Socorro Rodríguez.

Es realmente hermoso por fuera y por dentro. Tiene grandes salones adornados con lámparas, obras de arte, alfombras, sillas y mesas isabelinas; las fotos de todos los presidentes de la República y cancilleres; la bandera original de los Estados Unidos de Colombia; la capilla, que ha sido visitada por diferentes sumos pontífices católicos, plazoletas y corredores; románticos patios, como el de La Palma, donde se levantan en forma majestuosa el centenario nogal plantado por el Libertador y la palma sembrada por el presidente José Hilario López, con ocasión del nacimiento de su hija Polita. Finalmente, está la habitación y el famoso balcón donde ocurrió la Conspiración Septembrina, tentativa de asesinato de Simón Bolívar; fue allí donde llegaron los conspirados en busca del Libertador, quien saltó por una de sus ventanas para escapar y salvar su vida, la noche del 25 de septiembre de 1828.

El día que ocurrió el Bogotazo, el 9 de abril de 1948, ese lugar era el palacio presidencial de la época. Allí, Mariano Ospina Pérez pronunció: “Más vale un presidente muerto que un presidente fugitivo”, cuando le proponían declinar al solio de Bolívar. Por su parte, su esposa Bertha Hernández se quitó el sombrero y lo puso sobre el asiento, luego colocó sobre su elegante vestimenta un delantal de labores y llenó sus bolsillos de municiones. Se dirigió a su tocador y sacó dos revólveres con los que practicaba tiro al blanco y en su cartuchera se amarró uno al cinto. Luego le entregó el segundo revólver a su hermana y le dijo: “Vamos a defender a Mariano; a él nadie lo toca mientras yo esté viva.”

Este lugar tiene todas las dignidades para representar a Colombia en sus relaciones con las naciones del mundo. No puedo negarles que al caminar por sus pasillos y escuchar la madera rechinar me retrocedió en el tiempo e imaginé las voces que guardan secretos en el que hoy es nuestro símbolo nacional para mostrar lo que somos.

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