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El personaje diabólico

Domingo, 30 de Agosto de 2015
Personalmente hay quienes consideran que con ello no le está haciendo mal a nadie, y que por el contrario, le está haciendo un gran favor al país.

La concepción psicológica del delincuente nato, lo ha venido siendo en todas las escuelas del derecho, la ausencia de la repugnancia moral del acto. La inmutabilidad de su carácter no obedece a una reacción natural de tranquilidad de conciencia, sino a una falta de distinción emocional, entre acatar la ley o transgredirla.

El único fenómeno que le produce una vergüenza refleja, es la observación, en masa, del comportamiento de carácter social que, en cada uno de los miembros de una misma célula, se produce en sus rasgos gesticulares. De manera más digerible, es el fastidio, la molestia, que en el rostro de cada uno de los ciudadanos, observa quien pretende aglutinarlos.

Esa vergüenza refleja, que apenas obedece a un mecanismo instintivo y no reflexivo, reacciona inconscientemente, utilizando diferentes caretas de simulación, buscando con ello adecuar el carácter natural de las masas, al rostro hipócrita del simulador. Se transforma la voz, con premeditadas contracciones guturales, que alargan la pronunciación de las sílabas, dejando en el auditorio una sensación de bondad y sinceridad.

Se cubre el complaciente ropaje de la indignidad, con el que constitucionalmente se le identifica, con trajes que repugnan su naturaleza moral, pero que le permite un ritual señorial propio de la ceremonia de rigor. Pero cuando llega a la íntima convicción de que el alma no se puede disfrazar y que las abiertas venas de su proyección ocular, son ventanas que permiten observar todo su siniestro mundo interior, siente espanto mortal, cubriéndose con oscuros lentes de cristal, su vergonzante desparpajo habitual.

Allí, refugiado en ese mundo de tinieblas, resuelve todos sus problemas e invita a los demás a resolverlos, por medios que están apenas al borde de la ley, y en ocasiones por debajo de la norma penal, pero en un sitio que no resulta fácil descubrir, porque su figuración como dueño del equipo y a la vez del balón, le permite casi un absoluto encubrimiento.

Con un instinto diabólico para la manipulación, ha venido entronizándose dentro del poder, al extremo de utilizar su aterradora capacidad para el mal, en la invención de perversas fórmulas de control, de las que aparentemente está exento de responsabilidad, pues hace ver que con ellas protege e a sus connacionales.

Aparentando no hacerle mal a nadie, no deja huella de su andar, ya que sus víctimas son el Estado de Derecho y el régimen de leyes, con absoluta incapacidad de gritar, o dejar individualmente un hematoma de lesión, que permita establecer quien pudo haber sido el violador de la Ley, o las razones que tuvo para actuar.

Campeón de sofisticadas estrategias, algunos funcionarios suelen mirarlo con cierta sonrisa complaciente. Personalmente hay quienes consideran que con ello no le está haciendo mal a nadie, pues son barreras que se ha visto obligado a saltar, y que por el contrario, le está haciendo un gran favor al país. Así de sencillo.

En una palabra, para algunos es el prototipo del hombre pragmático, de aquellos sin escrúpulos que se han venido convirtiendo en los nuevos paradigmas, en los nuevos valores, comparables con los próceres, apenas contables con los dedos, desde luego.