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El sueño de un político frustrado
La verdad es que en la Cúcuta de entonces, no se movía una hoja de almendro sin su consentimiento.
Sábado, 6 de Febrero de 2016

No obstante su avanzada edad, don Carlos, el boticario, seguía siendo un hombre de arranque.  A su paso, de la casa a la farmacia, todos le limpiaban la acera, bajándose a la calle, en señal de reverencia. Padrino de bautizo de casi todos los muchachos del pueblo, no había asunto o negocio por resolver que no fuera puesto a consideración de su buen juicio.  El producido de la venta de las cosechas le era dado a guardar sin recibo alguno, lo mismo que los dineros por la compra y venta de sus ganados, negocios que no habrían de realizarse, sin el consentimiento y visto bueno del compadre.

Don Carlos, era el último sobreviviente de la generación del terremoto.  La verdad es que en la Cúcuta de entonces, no se movía una hoja de almendro sin su consentimiento.  El tren en el que semanalmente se transportaban los petroleros que venían de la región del Catatumbo, no podía resoplar orgullosamente su tradicional pito sabatino, si el viejo roble no había dado la orden.

Orgullosamente mostraba una cicatriz, que habitualmente destapaba desordenando su frondosa cabellera heredada de sus antepasados españoles, para repetir una y mil veces, que se la había ocasionado una viga de la antigua casona donde vivía la viuda de un distinguido oficial del ejército francés, matrona a quien le había salvado la vida, interponiéndose a tiempo entre ella y el grueso madero, el día en que la urbe de antaño hubo de derrumbarse.  Esa historia y la de que se convirtió en el héroe de la jornada telúrica, al salvar de entre los escombros a más de veinte personas, a menudo las repetía cada vez que lo invitaban a un jolgorio o con ocasión de las festividades tradicionales.  Sin embargo los chismosos de siempre, y sobre todo los envidiosos decían en voz baja, que la herida se la había ocasionado una mulata del servicio doméstico, una noche en que pasado de tragos, hubo de confundir la habitación de doña Petronila, con las corvas provocativas de la espigada palmera.

Cuentan los que aún tienen memoria para repetirlo, que la verdadera tragedia del viejo boticario, se inició el día en que se dejó aconsejar para que interviniera en política.  Usted es el hombre, don Carlos, le decían por alagarlo.  Usted es quien nos debe representar en las altas corporaciones legislativas, le repetían sin cesar una y otra vez.  Me uno a ese arrollador movimiento dijo el cura, quien con aire de sermón de semana santa, soltó la frase: “Cúcuta y toda esta comarca requiere de sus servicios y no de esos mequetrefes, que de no aceptar su candidatura, habrán de postularse”.

Luego de pasar varias noches sin dormir, y de casi no saludar a sus amigos, a quienes parecía pasar desapercibidos, de pronto una noche, luego de rezar puntualmente el rosario en la casa del cura, se levantó con la camándula en la mano y con un ademán propio del que acaba de recibir la cruz de Boyacá, exclamó:  “acepto”.

La noticia corrió con la misma rapidez con que un monaguillo sale despavorido a rodar la voz de que el joven sacerdote, le tomaba las frondosas pulsaciones a la mujer del lechero.  En el parque, en la iglesia, en la retreta nocturna, todo el mundo comentaba el lanzamiento de don Carlos, como candidato.   Viva Cúcuta!, gritaban quienes lo rodeaban.   Al fin vamos a salir del subdesarrollo!.

Luego de adelantar una extenuante campaña y de haber hipotecado la casa y la farmacia a uno de sus compadres, para conseguir los recursos, don Carlos fue advertido por el delegado de la Registraduría, de que la inscripción de su candidatura se hallaba viciada de nulidad.  Delicias, el caserío donde había nacido, hace más de ochenta años, pertenecía al vecino país y por tanto él era Venezolano. Ante tal frustración, se puso su vestido de ceremonia, el que acostumbraba llevar consigo el día de la procesión del Santo Sepulcro. Se colocó frente a un desteñido espejo estratégicamente acomodado detrás de la puerta de su dormitorio. Tomó el revólver que habitualmente guardaba debajo de la almohada, y antes de dispararse, la fiel mulata, aquella que después de todo, aún lo acompañaba, le oyó decir: “hastiado de la política he resuelto morir con dignidad”.  

El cuerpo del viejo boticario cayó en los brazos de la hermosa mujer que en vida siempre se negó a recibirlo. 

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