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El viento nos trae su recuerdo

Lunes, 1 de Noviembre de 2021
Porque la muerte es ese pedacito de divinidad que se escapa de la prisión temporal del cuerpo y retorna a su morada.

Sólo el alivio de una lágrima furtiva o una sonrisa melancólica -bonita en gratitud-, nos permiten añorar a los difuntos con la reflexión serena de que la vida es una superstición pasajera del tiempo y, la muerte, la rendición de nuestra fragilidad.

Así como la niebla lejana baja silenciosa a recuperar su espacio, ella cubre el pálpito de los corazones humanos y los convierte en incienso, para que los mortales los recordemos, siempre, con el viento. 

Es que -los difuntos- han significado mucho en nuestra vida, porque nos cedieron parte de la suya y ahora están suspendidos en la sombra de los días que nos faltan para emprender, también, el regreso.

Es noble amarlos, rezar por ellos, sentir dolor por su partida y desearles que, en su viaje a lo celeste, vayan descargando el lastre humano en esa espiral que asciende a la eternidad y, a su vez, los purifica y libera.   

Porque la muerte es ese pedacito de divinidad que se escapa de la prisión temporal del cuerpo y retorna a su morada, enigmática y desconocida - seguramente bella-, dejando atrás una efímera huella temporal.

Es el despojo de circunstancias, azares, hechos, personas, de tantas cosas opuestas que la condición humana genera en ese viceversa de vacíos que componen el escenario de la mortalidad.

Y, al final, da un golpe de jerarquía a quienes quedamos, a nuestra soberbia, estrellándola como olas sobre rocas, para redimirla con la humildad de la espuma, el aroma de las flores o el gorjeo universal de los ruiseñores.

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