En río revuelto…

Martes, 16 de Febrero de 2021
Los pescados caen y los pescadores ganan.

Dicen que en río revuelto, ganancia de pescadores. Parece ser cierto. Cuando el río se crece y trae barro y piedras y árboles, los pescados grandes y chicos, asustados y sin entender muy bien qué pasa, salen de sus escondites nadando a la topa tolondra, y es el momento que aprovechan los pescadores para lanzar sus atarrayas, anzuelos y cañas. Los pescados caen y los pescadores ganan.

Eso pasa también con los humanos. Cuando hay crisis y a la gente se le pone la cosa color de hormiga, los vivos se aprovechan de la situación y salen gananciosos. Políticos,  gobernantes, empresarios,  patronos, todos pescan donde puede pescar. Y hasta en pandemia han sido muchos los que se han aprovechado del momento para pescar. El río está revuelto.

Digo todo esto, no por echarle vainas a nadie, sino porque, según el almanaque Brístol, ayer se celebró el día del pescador, y las redes sociales y otros medios le rindieron homenaje. Hubo música de río, de puerto, de mar, y ruidos de anzuelos y atarrayas. Y hasta yo me alegré porque recordé mis épocas de infancia cuando en noches de luna clara mi papá y yo nos íbamos en busca de panches a la quebrada Gualisa, cercana al pueblo. A veces nos iba bien, a veces no mucho, pero algo se hacía para la merienda en casa.

Al lado de mis papás y de mis tíos aprendí a tejer atarrayas con hilo fuerte, aguja de madera y plomo. Las vendíamos y bien que nos iba porque eran muchos los ríos y las quebradas de la región. Hoy el agua es escasa como escasos  los peces.

Ya radicado en Cúcuta, supe que por los lados del Distrito de riego, en la represa del río Zulia, era buena la pesca en noches de cuaresma. Mi papá y yo alistamos los aparejos de pesca y nos fuimos en algún atardecer. Antes de comenzar la pesca, resolvimos meternos a los chorros de la represa, que caen como cascadas. Y ¡oh, sorpresa! De pronto comenzaron a caer con el agua montones de panches y sardinas. Pero eran montones. Fue una noche de magia, que ni nosotros mismos podíamos creer. Milagro, dijimos. Embustes, dicen mis amigos cuando les cuento.

Una de mis novelas favoritas es El viejo y el mar, del nobel gringo  de literatura Ernest Hemingway, en la que cuenta que un pescador viejo salía a pescar al mar en su barca todos los días, pero tan de malas el viejo que ya llevaba varios meses sin atrapar ni un bagre. La tristeza y la amargura lo iban consumiendo  hasta que un día, muy lejos de la costa, su anzuelo se engarzó en un pez grande, muy grande.

Como pudo, el pescador lo fue acercando al bote y lo amarró a un lado porque el animal no cabía dentro de la canoa. Emocionado, dio vuelta a la barca y se dirigió a tierra. Pero poco le duró su alegría. Una manada de tiburones hambrientos empezó a perseguirlo para quitarle la presa. El hombre con su remo los atacaba defendiendo el botín, pero los tiburones  a dentelladas le iban comiendo su pez. De nada valieron los esfuerzos del pescador. Cuando llegó a tierra, sólo llevaba amarrado a su barca el esqueleto inmenso de lo que había sido su fabulosa pesca.

Me gusta la enseñanza: A veces creemos que hemos alcanzado la gloria, el éxito y el triunfo, y soñamos con exhibir nuestro trofeo, pero de pronto los tiburones nos dejan con el solo recuerdo esquelético de lo que pudo ser y no fue. ¡Qué tristeza!

gusgomar@hotmail.com