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Fausto está de fiesta

Martes, 14 de Septiembre de 2021
“Más vale llegar a tiempo que ser convidado”.

Supe que había fiesta en la biblioteca, y me fui, de una: “Más vale llegar a tiempo que ser convidado”.  Pero ni sonaba orquesta alguna, ni timbales, ni nada. ¿Me equivoqué de sitio? Imposible. Las noticias lo decían y este periódico lo proclamaba: Empezó la fiesta en la biblioteca departamental. Así que me le acerqué al portero,: “Ala, ¿aquí es la fiesta?” “Sí, señor, siga”. Entré, me lavé las manos con agua y jabón, como lo ordenan el protocolo y el vigilante, me eché gel, me arreglé la camisa y me dispuse a fiestar. Soñaba con la francachela y la comilona, tal como lo prescribe Pombo en el Renacuajo paseador.

Pero no. Sólo encontré montoneras de libros y de gente hojeándolos. Ninguno compraba, porque eso de comprar libros, pocó pocón por estos lares. Y lo de leer, tampoco. Es decir, menos.

Desilusionado de la tal fiesta, entré a preguntar en la primera oficina. Allí estaba Tania, una hermosa mujer en cuyas manos está el desarrollo de la fiesta, secundada por Tatiana, alegre, bonita y eficiente. Ellas me explicaron que en realidad eran los libros los que estaban de fiesta. Me imaginé a María, la de Isaacs, y a Dulcinea la del Toboso, y a doña Bárbara, la de Gallegos, repartiendo vino. Pero la idea no me satisfizo, así que busqué al director de la Biblioteca, Julio GarcíaHerreros, para que me explicara cómo era eso de una fiesta de textos, tan viejos unos como el Incunable, otros que no pasan de moda como la Biblia, y los recientes como Busco a Napoleón, de la joven encantadora Jane Rodríguez, o Para vivir viviendo, la novela de Alirio Monsalve.

Llegué a la oficina del director, donde la secretaria, Mariela, me dijo que estaba con Fausto. De inmediato pensé en Fausto, el libro de Goethe, donde Fausto hace un trato con Mefistófeles, el diablo: le entrega su alma a cambio de la eterna juventud.

Esperé a que saliera Fausto, pero viendo que demoraba, me asomé a la puerta. Sólo estaban Julio y un perrito bulldog francés, de mirada tierna y hermoso pelaje.

-¿Y Fausto? –le pregunté al director.

-Fausto Rafael es mi compañero –me contestó, con una sonrisa que se le veía por encima del tapabocas, señalándome al perrito.

Como yo huelo a mi perra Blanquita, Fausto y yo hicimos buenas migas. Movió la cola, me miró con ojos de amigos y supe que estaba de fiesta. Lo habían bañado, perfumado y peluqueado. Fausto Rafael y el director se acompañan, todos los días, desde que la dueña, la médica Laura, hija de Julio, se fue a Bogotá a especializarse.  

Pero Fausto no sólo es el compañero del director GarcíaHerreros. Es su amigo. Su guardaespaldas. Su confidente. Me cuentan, que a veces los escuchan hablando. Y seguramente se cuentan cosas. Fausto es la sombra de Julio, o viceversa. Julio no da un paso sin Fausto, y Fausto no lo da sin Julio.  Se quieren y se consienten como nono y nieto.

Todos los días, el director hace una ronda por las oficinas y estancias de la biblioteca, al lado de Fausto, pero cuando Julio está ocupado, algo le dice a Fausto y Fausto hace solo el recorrido, puerta a puerta, de oficina en oficina. No se sabe qué informe le rendirá.

Esta semana, Fausto, como los libros, anda enfiestado. Se le nota en el andar, en su alborozo, en su movimiento de cola y en su mirada alegre. Igual a la alegría de Julio, al caminar de Tania y a la mirada de Tatiana. ¡Pa’qué más fiesta!      

gusgomar@hotmail.com