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Genio y figura

Miércoles, 3 de Agosto de 2022
La escuela de la vida

El ser humano debería evolucionar durante su paso por esta tierra, por lo menos es lo que todos esperamos, y evolucionar significa dar un cambio a una condición mejor. Pero, este proceso de aprendizaje no siempre resulta fácil, en ocasiones nos encontramos con personas que conocimos en la adolescencia y parece que el tiempo se hubiese detenido, se quejan de los mismos conflictos y muchas veces siguen con esos sueños incapaces de alcanzar.

La corteza cerebral nos ayuda a aprender, pues le permite al ser humano imaginar el futuro y evaluar las consecuencias en la toma de decisiones. El cerebro humano no se desarrolla ni madura todo al mismo tiempo, existe una región llamada “lóbulo prefrontal”, que lo hace muy tarde, como a los 25 años, y es donde se ubica la capacidad de planificar, medir los riesgos, controlar los impulsos y sobre todo, ponerse en el lugar del otro, por esta razón nos encontramos con adolescentes donde no se evidencian estas características. Pero usted me puede decir, y con toda razón, “todos los adolescentes no son así”, efectivamente. La razón puede radicar en qué, así como su cerebro tarda en madurar, también es la edad en la cual presenta mayor plasticidad, es decir, mayor capacidad para adaptarse a los cambios y moldearse a los nuevos aprendizajes, por lo que NO ES MENTIRA, que la estructura de su personalidad puede depender en gran parte de CON QUIÉN ANDA, cuáles son sus amigos y qué grupos frecuentan.  De manera tal, que las buenas costumbres empiezan en casa y posteriormente en la elección de sus amigos en el colegio, para terminar con los de la cuadra.

Pero, independientemente de lo anterior, nos queda la escuela de la vida. ¿Cómo podemos explicar que algunos de nuestros amigos o conocidos sigan obteniendo los mismos resultados negativos cada vez que intentan un proyecto de vida?; nos encontramos entonces con el compañero del colegio que se ha divorciado 4 veces, y no más, porque no se ha vuelto a casar, o la vecina que siempre se enamora de un hombre casado con la esperanza de que se divorcie para vivir a su lado, o el que no conserva nunca un trabajo, etc. Esta es una condición que los terapeutas llamamos “compulsión a la repetición”, y se puede traducir sencillamente en “hacer lo mismo siempre, esperando obtener resultados diferentes”.

Cuando esto llega a suceder, es necesario detenerse un momento a evaluar cómo estamos viendo la vida, porque definitivamente, algo no anda bien, hay que modificar los pensamientos y las conductas, y muchas veces se necesita la ayuda de un terapeuta, un especialista que aporte otro punto de vista, pero esto es solo la mitad del remedio, porque hay que recobrar aquella plasticidad del cerebro, abrirse a las nuevas posibilidades, y sobre todo a esa de que probablemente estamos escogiendo mal nuestras alternativas.

Hay que intentar evolucionar hacia nuestra tranquilidad, mirar de reojo a los demás para descifrar sus estrategias de éxito, buscarse buenos amigos, dejar los pensamientos rígidos, flexibilizar la forma cómo vemos las cosas, deshacernos de tonterías como “yo soy así, y quien me quiera, me tiene que querer como soy”, para luego quejarse de estar siempre solo.

Nuestra personalidad prácticamente se establece a los 16 años, de allí en adelante los cambios se dan según la capacidad de diferenciar entre lo que funciona o no para nuestro futuro (estudiar para un examen o irnos de fiesta). Nuestro cerebro madura para indicarnos lo que está bien y lo que no, y definitivamente, hay que escucharlo.

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