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Hombres solos

Sábado, 12 de Junio de 2021
Según mi interpretación, necesita un Dios que se pueda explicar. Yo invoco mi poca convincente fe del carbonero para creer. 

Estos largos meses de encierro me han puesto en contacto con viejas páginas de mi diario que ni sospechaba que existieran. Llegué a ellas buscando otras cosas. O por inercia. 

Las líneas que siguen relatan una circunstancia en la que padre e hijo nos quedamos solos en nuestra casa bogotana por ausencia de la esposa y madre: 

Si una golondrina no hace verano, dos hombres solos en casa tampoco hacen un carajo. Poco a poco las frutas se irán pudriendo; el arroz esperará en vano que una mano amiga lo prepare; el pollo que aguarda en la nevera se morirá del frío. Las arepas generarán hongos. 

La casa anda manga por hombro. El polvo se acumula. Las matas están condenadas a quedarse sin agua durante varios días. 

Yo prepararé el desayuno. Siempre el mismo. Él se encargará de la comida. Siempre la misma. Algunas visitas meridianas a restaurantes variarán el menú. 

Aprovechamos para acortar distancias en nuestra relación. De pronto, nos encarretamos en discusiones de fondo. Cada uno encasillado en sus tesis. 

Con frecuencia, llegamos al tema de Dios. El caballero, antropólogo de los Andes recién egresado, aclara que no es ateo, sino escéptico. Dice que duda de la existencia de Dios por ética. 

Según mi interpretación, necesita un Dios que se pueda explicar. Yo invoco mi poca convincente fe del carbonero para creer. 

Le digo que no importa que no crea en Dios que trabaja para todos. Le comento que él vive a Dios en la medida en que actúa según preceptos morales que es lo que cuenta. Me mira como a un bicho raro. 

Me quito el sombrero ante la forma de explicarme sus puntos de vista. También yo confieso mis dudas: por ejemplo, no entiendo cómo nosotros hemos tenido que heredar el pecado original. No tengo velas en ese entierro. A mí el pecado original que me lo den en plata. 

Aprovecho para que me dé cartilla sobre antropología. Porque llega el momento en que los padres aprendemos de los hijos. Mejoran la vara que les pusimos. Solo entonces podemos dar un parte de misión cumplida. 

Mi interlocutor me sugiere lecturas para que crezca culturalmente. Insiste en que los periodistas somos muy superficiales. Solo nos interesan los hechos. No la interpretación de los mismos. 

Trato de interesarlo en el periodismo. Le digo que la combinación antropología-periodismo puede producir una magnífica síntesis. No lo cree mucho. 

No logramos ser buenos camaradas de charla en todo, pero hemos avanzado. Hasta dormimos juntos en ausencia de la mamá. El hombre no se siente durmiendo. 

Lo miro dormir y digo: a este caballero la vida lo tiene que tratar muy bien. Se lo merece. Es una persona íntegra. Lamento que tenga muchos de mis defectos. Creo que por eso chocamos tanto. ¿Será que somos celosos de nuestros defectos y no resistimos verlos en otros?