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Julián, hecho de arena de mar y caracoles
Deambulaba desprevenido, percibiendo el maravilloso sonido que producen los rugidos del viento contra los almendros. 
Sábado, 19 de Marzo de 2016

He aquí el relato de un agradable encuentro, ocurrido en una playa del litoral Atlántico.  Había yo madrugado con una celosa precisión, programada desde la noche anterior, con el propósito de ser el primero en darle los buenos días al mar.  Deambulaba desprevenido, percibiendo el maravilloso sonido que producen los rugidos del viento contra los almendros.  Los primeros fulgores del amanecer denotaban una mañana cargada de nostalgia y un cielo engarrotado, listo a lanzar su zarpazo de lluvia.  No tenía la menor duda de que en cualquier momento se desgajaría el más soberbio aguacero del que mortal alguno haya tenido noticia.

Es en ese momento cuando a la distancia veo venir a alguien que irremediablemente se me acerca.  Al principio lo percibo como una lejana mancha indescriptible.  Luego, en la medida que va adelantando sus pasos, mis ojos empiezan a darle forma a su contexto.  Se trata de un hombre alto y delgado, de caminado elegante, riguroso traje completo, camisa blanca impecablemente almidonada, corbata azul celeste, recargada de puntos brillantes, que semejan el chispeante entorno de un cielo estrellado.  Lo único que hace quebradiza su etiqueta, es que no lleva zapatos, anda descalzo.  En cuanto a lo demás, observo que se trata del negro Julián, el mismo que hace algún tiempo había desaparecido de la ciudad y del que no habíamos vuelto a tener razón, ni noticia, ni anuncio.

Al llegar junto a mí y reconocerme, se apresta a saludarme.  Una brusca venia reverente hace que su melena se despeine, dando lugar a que la brisa juegue con sus cabellos en desorden.  Al agacharse para recoger algo de la tierra húmeda, me dice: ahora no recojo ni pido monedas, como lo hacía antes en el Malecón.  Ahora recojo conchas marinas y caracoles de colores, para guardarlos como trofeos.  

He regresado a mi mundo de donde jamás debí haber salido.  Allá era simplemente un loco, con ínfulas de ejecutivo, que reciclaba burlas entre los bolsillos de mi chaqueta.  Un pobre negro que se miraba en el espejo de sus zapatos de charol, observando en su brillo a los falsos profetas que se reían a mis espaldas, creyéndose doctores con derecho al vejamen.  Aquí soy el amante de las olas traviesas, el feliz intérprete del sonido de las barracudas, el increíble amigo de los tiburones, el guardián del secreto de la sirena blanca.  Aquí todos respetan mi alma de poeta y recogen los versos que voy tirando al viento.  Por eso ando descalzo, para verme en el agua, con el rostro encendido de huracanes y ruidos, quemado en el salitre del sol de los piratas.

Pero dime tú, negro, qué cargo desempeñas en este mundo extraño donde te desenvuelves.  Aquí soy el guía de la brisa marina y habito en un palacio pintado en mil colores, donde a más de soñar, vivo escribiendo versos.  Aquí atiendo las quejas de ballenas enfermas, a quienes un arpón cercenó su sonrisa.  Aquí cuento la historia de una gaviota triste, que teniendo ojos verdes, lloraba en amarillo, simulando en sus lágrimas al oro derretido.

Mas quiero,  a mi doctor, contarle algo en secreto.  Para aquellos que dicen ser muy cuerdos y serios, que salen en la prensa siempre de traje negro, que estiran la corbata para templar arrugas, que marcan en reloj la entrada a la oficina, los que pagan esclavos las cuotas del teléfono y siembran el anónimo en los clubes que habitan y estafan con mentiras al colega y amigo y clavan puñaladas al verso de un poeta, por no poder su rima enderezar ni un trazo, para ellos soy un loco.

Al oír sus palabras, descubrí el acertijo: el cuerdo era Julián, imaginario dueño de un palacio invisible, suspendido en el agua de corrientes de vidrio, cuyo nombre, en estrellas, se deletrea arco iris.  Los locos, los que armamos castillos con ladrillos, comprados en las fábricas, sin sueños, ni poemas.

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