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La alegría de apostar

También existen los que apuestan por necesidad, con la esperanza de que el destino le depare la solución a sus problemas.

 Perdí mis restos al apostarle a Brasil como campeón del Mundial de fútbol de Catar. Nunca imaginé, y creo que conmigo media hinchada mundial, que el equipo pentacampeón de los Mundiales,  donde se supone que quedaron las semillas de Pelé,Garrincha, Sócrates, Zico y muchas otras estrellas, el equipo de las gambetas endiabladas y goles imposibles, mi equipo favorito (cuando no clasifica Colombia), cayera ante una desconocida Croacia, que se agrandó porque seguramente jugó con el viento a su favor.

Y perdí lo apostado. Y casi me siento a llorar. Pero no lo hice porque aún recuerdo las palabras de mi mamá, el día que mi trompo de colores cayó vuelto añicos ante el herrón de un trompo grandulón:“Mijo, los hombres no lloran. Sea machito”. Desde entonces cuando tengo ganas de llorar me las aguanto o me meto a berrear al baño.

El que debe estar feliz debe ser Francisco, su Santidad, porque su Argentina clasificó a la final. Siempre es que tiene sus ventajas ser amigo de Dios y, aunque para el cielo no valen las palancas, estar cerca de Él, pudo servirle de algo a su equipo. Una jaculatoria de más, una charladita al oído, pueden traer sus ventajas. Y el Papa es el Papa.  Por algo es representante de Dios en la tierra.

Los apostadores perdimos. Ganaron los empresarios de las apuestas. Pero de eso se trata. Ese es el juego. Acabo de anotarme a la rifa del libro El Principito, de una amiga, y espero ganármelo. Es una edición de lujo y ya se sabe que El Principito es uno de los libros más leídos en todo el mundo. Tengo fe en que esta vez la suerte no me dará la espalda como  en Catar. Y si no gano, ganará la amiga, que podrá comprar sus zapatos verdes con los que tanto sueña. Ahora recuerdo al Mocho Barreto cuando transmitía los sorteos de la Lotería de Cúcuta: “Si no gana usted, ganan los pobres”.

Apostar es un riesgo. “El que no arriesga un huevo, no tiene un pollo”, dice el refrán y los refranes son sabios. Pero además, apostar tiene su magia, su encanto, su enamoramiento. De eso se valen los dueños de casinos para atraer incautos, despertando el gusto ponzoñoso por lo desconocido, lo que ha de venir.

Dicen que la suerte tiene cuerpo de mujer bonita. No sé quién le habrá visto el cuerpo a la suerte, pero con base en esa creencia, las casas de juego y los garitos contratan monumentos de mujeres que atraen al apostador y lo embriagan de atenciones hasta que sucumbe ante la ruleta o los dados o las cartas.

También existen los que apuestan por necesidad, con la esperanza de que el destino le depare la solución a sus problemas. De vez en cuando “se aparece la virgen” y se logran algunos pesos, con lo cual el apostador muerde el anzuelo y sigue apostando. De esta categoría se nutren las casas chanceras, que facilitan poca inversión y ganancia rápida aunque poca.

Sea por el motivo que sea, la verdad es que apostar conlleva la secreta esperanza del triunfo y el encanto de las cosas ocultas. Apostar, así sea por el placer de apostar, produce cierta alegría, por aquello del reto y el desafío a la suerte.

Las apuestas no sólo se dan en el juego. En otros campos, también, como en la política. Pero se necesita suerte. La suerte de Roy Barreras, por ejemplo, o de Armando Benedetti, que siempre se van con el ganador. ¡Van a la fija!

Jueves, 15 de Diciembre de 2022

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