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La COP 26 y Colombia

Domingo, 7 de Noviembre de 2021
El calentamiento global es una realidad.

Seis años después del Acuerdo de París, se celebró en Glasgow una nueva cumbre mundial contra el cambio climático. Por una semana estuvieron de moda la preservación del medio ambiente, la protección de bosques y del agua en el planeta. El primer cambio que necesitamos es que la lucha contra el calentamiento global sea permanente y los focos de los liderazgos del mundo y los medios de comunicación internacional estén siempre sobre estos temas. Las cifras son alarmantes. Por cuenta de los incumplimientos de los compromisos adquiridos en París, las temperaturas en el mundo aumentarán en 1.5 grados para el año 2030. 

Quedaron atrás los tiempos absurdos de los negacionistas del cambio climático. Su posición suena hoy ridícula. El calentamiento global es una realidad. Nos tocó padecerlo a nosotros, y no a nuestros hijos o nietos, como algunos pensaban hace años. La emisión de gases de efecto invernadero, la explotación sin parar de combustibles fósiles como petróleo y carbón, la deforestación y la ausencia de una efectiva cooperación de las naciones más ricas del mundo con los países en vías de desarrollo para proteger el medio ambiente, nos condujeron al dramático panorama de esta semana.

Los colombianos tenemos múltiples razones para preocuparnos. Un informe de la cumbre señala que somos uno de los 11 países con mayores riesgos de aumentos de temperatura y solo el año pasado se deforestaron 171.000 hectáreas de bosques por cuenta de la ganadería extensiva y las mafias criminales del narcotráfico, que promueven cultivos ilícitos en la Amazonia y el Pacífico. Nuestra economía tiene muy alta dependencia de la producción y exportación de petróleo y carbón y la institucionalidad del sector es débil, politizada y en muchas ocasiones corrupta. La necesaria cirugía radical a las Corporaciones Autónomas Regionales sigue en lista de espera y en este cuatrienio ni se abrió el debate. Tenemos entonces grandes desafíos que se asumen con ligereza y hasta frivolidad por parte del gobierno, que igual que con la Paz, tiene un discurso para la galería internacional, mientras sus acciones y decisiones en Colombia son distintas.

Si el Presidente Duque pretende que los ciudadanos creamos sus repentinas convicciones ambientalistas, que más parecen ser instrumentos en la búsqueda de escenarios internacionales en la agonía de su mandato, debería a su regreso al país asumir una posición concreta y clara en contra del fracking en la exploración de hidrocarburos y de la minería en los páramos, que amenazan seriamente nuestra riqueza hídrica. Igualmente descartar, de una vez todas, la fumigación con glifosato de los cultivos ilícitos. Y si fueran serios sus anuncios, el gobierno tiene consolidadas unas mayorías en el Congreso que debe hacerlas valer para aprobar con mensaje de urgencia el Acuerdo de Escazú antes de terminar el año. No olvidemos que la mitad de los asesinatos de líderes ambientales en el mundo se cometen en Colombia.

En fin, si el mundo debe pasar de los anuncios y el show mediático de los grandes reflectores de la prensa internacional a los hechos, en Colombia, como bien lo señaló Francisco Vera, el niño ambientalista, el gobierno Duque debe demostrar con hechos concretos y decisiones políticas un verdadero compromiso. No se trata de declarar el 30% de nuestro territorio como área protegida y seguir en las mismas. Para lograrlo es indispensable ajustar el modelo productivo, frenar la frontera ganadera en la Amazonia, adoptar políticas sociales que permitan garantizar un ingreso mínimo a quienes protejan nuestros bosques, parar el asesinato de líderes ambientales, cambiar el modelo de las CAR, involucrar a las comunidades de los territorios, avanzar en procesos masivos de titulación de predios, utilizar mejor el recaudo del impuesto al carbono y los bonos para reforestar. Nada de eso se hace hoy y nada se hará en los últimos 9 meses de este gobierno. Menos, cuando Duque escasamente hace escalas técnicas en Bogotá en medio de su frenética vuelta al mundo que con ansiedad y desespero arrancó, con el evidente propósito de recuperar el tiempo perdido durante la pandemia. 

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