La guerra más larga de EE. UU.

Sábado, 17 de Abril de 2021
La lista de guerras norteamericanas la encabeza Afganistán, con dos décadas.

Después de veinte años de la Guerra contra el Terror a raíz de los atentados contra las Torres Gemelas, el Pentágono y otros blancos que produjeron miles de muertos y tal vez la más grande incertidumbre de tiempos modernos, los soldados de Estados Unidos se van de Afganistán. No fueron los primeros en ocupar este país, ni serán los últimos. Su localización en medio de la Ruta de la Seda, la vieja y la actual encrucijada entre norte y sur, entre este y oeste, entre islam y otras doctrinas, entre comunistas y emires, entre exploradores petroleros y traficantes de heroína, convierten a Afganistán en tentación para quien quiera expandir su influencia comercial, religiosa, ideológica, bélica o delictiva en esa región del mundo. Con una geografía endiablada y un clima áspero, sus nativos saben sobrevivir y pelear, traficar y amenazar. En plena Guerra Fría, Rusia invadió su territorio en 1979 para defender un régimen pro-soviético, pero fue derrotada y obligada a retirarse diez años después por una guerrilla de muyahidines apoyada por occidente, especialmente EE. UU., en la que militaba activamente Osama bin-Laden. El opio fue en ese momento, como lo sigue siendo hoy, el eje de la financiación de todo el aparato militar oficial e irregular, estatal, muyahidin o talibán, éste en control casi total del país. Afganistán refugió a Al-Qaeda y luego a ISIS. Las tropas norteamericanas y de la OTAN fueron tras esas amenazas, con las costillas rotas por los aviones estrellados contra carne, metal y cemento del WTC y del Pentágono, ante una sociedad aterrorizada por la impotencia de la superpotencia.

Durante tres de los veinte años post 9-11, hubo más de cien mil efectivos de EE. UU. en Afganistán, y nunca menos de diez mil. Hoy están desplegados dos mil quinientos soldados, que Trump prometió sacar en mayo y Biden en septiembre de este año. A pesar de Rusia protestando, tres meses no harán la diferencia: las tropas de EE. UU. y la OTAN se retiran y termina una ocupación que redujo las probabilidades de ataques terroristas en suelo norteamericano, con costos muy altos en vidas (3.500 muertos entre EE. UU. y OTAN), dólares (2 billones castellanos es decir, seis veces el tamaño de la economía colombiana) y prestigio. Con recompensa de cincuenta y dos millones de dólares y varias teorías conspirativas de por medio, Osama bin-Laden fue abatido en Pakistán por fuerzas SEALS de EE.UU., en mayo de 2011. No hubiera sido posible la operación sin presencia masiva de tropas aliadas en Afganistán.

Los acuerdos entre Emiratos Árabes e Israel, así como las conversaciones entre EE.UU. e Irán, y entre EE. UU. y los talibanes, consideradas imposibles hasta hace dos años, son lo positivo de ese escenario trágico y peligroso de Oriente Medio. Pero están también Siria, Palestina, Líbano, Jordania, Irak, Paquistán, Egipto, la migración norteafricana y subsahariana hacia Europa y los crecientes intereses rusos y chinos. Un caldo pesado de digerir y con riesgos globales inimaginables, a pesar de la mejoría que pueda significar la autosuficiencia petrolera de los EE.UU., hoy primer productor de crudo del mundo.

La lista de guerras norteamericanas la encabeza Afganistán, con dos décadas. La sigue el conflicto de Vietnam, con catorce años; la de Irak con ocho; la guerra contra ISIS, con siete, vigente; la Segunda Guerra Mundial, con cinco; y las guerras insulares contra España y la de Secesión, con cuatro. Hay más cortas pero no menos sangrientas, como la de 1812, o la de Corea a la cual Laureano Gómez vinculó a Colombia para salir de una crisis con los EE. UU. Pero la guerra que debe encabezar la lista, es la que dieron contra sus pueblos indígenas en todo el siglo XIX y parte del XX, hoy en el olvido.

En la nueva Guerra Fría bifronte, que Biden acabe un largo conflicto caliente es buena nueva. Se cierra una etapa bélica; tal vez se esté abriendo otra. Y nosotros ahí, eternamente, con nuestro relicto de guerra.