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La guerra que llevamos por dentro

Miércoles, 10 de Agosto de 2022
La atrocidad de la guerra repugna y la repulsión puede llevarnos a voltear la mirada hacia otro lado.

Los siguientes hechos los vivió Elci, una auxiliar de enfermería, el 15 de abril de 2008 en Yarumal, Antioquia. Los causantes de estos hechos fueron guerrilleros del Frente 36 de las Farc. 


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«Entonces le dicen al conductor: “¿Usted a quiénes lleva ahí?”. Entonces él le contesta que a unos soldados heridos. Cuando uno de ellos me dice: “Me hace el favor y me abre la puerta de la ambulancia”. Entonces, en ese momento, pues, el miedo, ¡todo! Pero dije: “Yo no voy a abrir esa puerta. El conductor es el que tiene las llaves”. Entonces el conductor fue y abrió la puerta. Bajaron a los dos muchachos y rodeados por los otros… y uno solamente ahí de frente, apuntándole a uno. Yo no sé qué tiempo pasó. Yo sé que agaché la cabeza, me hice así, cuando yo sentí ta, ta, ta, ta, ta, ta, los tiros».

El testimonio de Elci está en el capítulo Hasta la guerra tiene límites del Informe Final de la Comisión de la Verdad. Sucedió en el 2008, pero también ocurrió el viernes pasado cuando un grupo armado obligó a una misión médica a detener la ambulancia, posteriormente bajaron a una persona herida que era trasladada de Tibú hacia Cúcuta y lo mataron en presencia de quienes intentaban salvar su vida.

La duración en el tiempo del conflicto armado trae efectos como la naturalización de la violencia. Esto quiere decir que las prácticas violentas entran a hacer parte del día a día de las comunidades. Se asume que este tipo de comportamientos siempre han estado y estarán ahí, y a partir de allí las personas construyen su sentido común, incorporando estos eventos como una eventualidad que probablemente ocurra sin llegar a perturbar su rutina.

Así lo explica el capítulo Hallazgos y recomendaciones del Informe Final: la naturalización del conflicto armado y todas sus atrocidades terminan por limitar el asombro ante la violencia. Lo más grave es que reduce la ética al mínimo e impide tomar con claridad y oportunidad las decisiones que son necesarias para enfrentar ese flagelo. De allí que sea tan difícil para un país en guerra hablar fuera de las lógicas que esta plantea.

En ese mismo capítulo se explican las consecuencias de pensar en las lógicas de la violencia: «Es la aceptación de un paisaje social de la guerra: el día contiene momentos de hostigamiento, rugir de balas, explosión de artefactos como los tatucos y las pipas, horarios para el uso de los espacios públicos. No se deja de hacer la vida, se incorpora un nuevo tiempo, el de “esperar un poco antes de salir a la calle”. No hay otra forma. Digamos que esa fue la vida que no escogimos nosotros vivir, pero que nos tocó, y nos tocó acostumbrarnos».

La atrocidad de la guerra repugna y la repulsión puede llevarnos a voltear la mirada hacia otro lado, a preferir ignorar lo que pasó, a ver la violencia lejos de nosotros. Quizá por esto no percibimos la guerra que llevamos por dentro, pues ya hemos naturalizado testimonios como el de Elci y nos trae sin cuidado noticias como la del viernes de la semana pasada.

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