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La iglesia y los pueblos originarios

Viernes, 12 de Agosto de 2022
Constatar que la Iglesia católica, viene perdiendo feligreses no es novedad.

Constatar que la Iglesia católica, viene perdiendo feligreses no es novedad.  Es que los abusos cometidos por sacerdotes y monjas aprovechándose de su ascendiente moral ha copado el límite de lo aceptable y tolerable.  Y no me refiere solo al muy condenable abuso de menores, debidamente negado por las jerarquías, sino que también a otros hechos. 


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En marzo pasado, el Papa Francisco recibió en El Vaticano a un grupo de obispos canadienses quienes se hicieron acompañar por representantes de sus pueblos originarios, quienes deseaban presentarle la tragedia vivida por esos pueblos como consecuencia de los programas de “asimilación” llevados a cabo por el Estado de ese país, con la colaboración de la Iglesia católica y otras Iglesias cristianas.  En tal ocasión, el Papa Francisco les expreso sentir vergüenza y dolor, por el papel que varios católicos, en particular los que tienen responsabilidades educativas, han desempeñado en todo lo que tiene que ver con abusos y falta de respeto hacia la identidad y cultura de sus pueblos.

Lo invitaron a que los visitara en Canadá, lo que se concretó hace pocos días.  Así, el Pontífice reiteró su dolor, indignación y vergüenza e invitó a los pueblos originarios a “caminar juntos en un camino de reconciliación y sanación”.    

El Estado canadiense realizó hasta mediados del siglo pasado programas de “asimilación” de los indígenas, creando 139 “escuelas residenciales” que, financiadas por el presupuesto público se abocaron a imponerles la vida “civilizada”, despojándolos de su cultura, idioma, costumbres y espiritualidad.  Fueron regidas por congregaciones católicas y por otras Iglesias cristianas (anglicana, presbiteriana, unitaria y otras).  Se llegó a aislar a 150.000 niños.  El encierro, la desnutrición, los abusos y enfermedades ocasionaron la muerte de más de 6.000 de ellos que eran enterrados en fosas comunes. No hace muchos años que, a instancias del parlamento canadiense, se conformó una Comisión de Verdad y Reconciliación la que concluyó que lo ocurrido fue un “genocidio cultural”.

Lo central de este viaje del Papa fue encontrarse con esos pueblos, pedirles perdón, reconocer y dignificar sus creencias y culturas e invitarlos a caminar juntos.  

¿De allí que bien valga preguntarse cuándo la Iglesia católica representada por su máximo jerarca -ciudadano argentino- dará un paso similar con tantos pueblos o naciones de este continente, que habitan selvas, serranías, costas o latitudes extremas? 

A modo de ejemplo, permítaseme mencionar el genocidio -ignorado por muchos- ocurrido en el extremo sur argentino y chileno, a instancias de las compañías ganaderas, que contaron con la activa participación de autoridades de ambos Estados y con la colaboración de misioneros católicos y anglicanos. 

Se vieron afectados pueblos patagones como los yaganes, los kawésqares y también los selknam, los que fueron asesinados, deportados, esclavizados y sometidos a trabajos forzados, separándolos de sus familias, falta de cuidados médicos en la reclusión, cambio obligado de costumbres y alimentación, pérdida de idioma, pérdida de valores y referencias espirituales.  El hacinamiento insalubre y el cambio a una vida sedentaria fueron situaciones que ayudaron en gran medida a la cuasi extinción de estos pueblos, hecho en el que las misiones se prestaban para implementar una mal entendida “civilización” que permitía que las llanuras quedaran deshabitadas y así pudieran los hacendados -muchos de ellos venidos de otras latitudes- tener inmensas extensiones de pastos para que allí se desarrollaran grandes hatos de ganado ovino.

Nunca es tarde, para pedir perdón e invitar a los descendientes de estos pueblos a mirar el futuro con esperanza y así resarcir tanto atropello cometido por ignorancia o por nefastos intereses económicos. 

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