Escuchar este artículo

La marisola

Domingo, 21 de Agosto de 2016
La línea de los horizontes se parece a aquellos maderos ancestrales.

Como en los viejos troncos de antes, en los que se grababan las iniciales de los amores, uno debe inscribir en el alma la alianza que hace con sus sueños.

Y también poner testigos, los luceros, el cielo, las estrellas (como Las Perseidas de Agosto, que son rastros de la ruta de luz de los pájaros que asciende al universo): en fin, aquellos signos que sellan el pacto con la vida.

O dibujar –la alianza- como lo hacían los niños, en una vieja pizarra, añeja, con tiza, recreándose en los temas sencillos de la naturaleza, el camino y el árbol, los padres de la mano, el sol brillante, el río y el perro guardián de las ilusiones. Y mezclar todo en el viento que dirige el rumbo del velero del tiempo, lo orienta con juicio, lo hace sugestivo y acariciador.

Si uno hace parecer la vida a ese escenario, como de teatro, halla la princesa del destino: la sabiduría, en un espacio que nos ofrece la eternidad para sembrar las nostalgias bonitas. Y aprende a ilustrar mejor su existencia, a incluir paisajes generosos en azul, en los que las ilusiones juegan a la marisola.

La línea de los horizontes se parece a aquellos maderos ancestrales; en ella se tallan los deseos, como picotazos de pájaros carpinteros, o una siembra de esas luces fugaces que cayeron generosas y se aposentaron allí.

Es un territorio en el que únicamente vale la rutina deliciosa para absorber la placidez. Es la sede de la esperanza, en la cual, con fundamentos auténticos e individuales, quizá egoístas, se puede alargar el destino y sentir que entre las penas y las alegrías sólo existe una premonición.

De manera que no hay pretextos para no ser felices, para no abrir la válvula de lo infinito y asomarse al espectáculo de la universalidad.

Todo esto está a la diestra de los sueños, donde no existen culpas, ni tanta angustia, ni el odio se vuelve contra uno mismo para desestabilizar la personalidad. Sólo hay signos o señales inscritos en cada punto cardinal de la mañana, adonde se debe llegar con aquella fe inmensa que da el pensamiento cuando se ajusta a la real dimensión de ser la prominencia del ser humano.