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La que envejece es la cédula

Martes, 23 de Noviembre de 2021
Este título encierra un cartapacio de mentiras.

Este título encierra un cartapacio de mentiras. Lo usamos los que nos negamos a envejecer. Los que creemos en el elíxir de la eterna  juventud y pensamos que el tiempo no nos hace mella.

Una vez, yo hacía cola en un banco. Cola común y corriente, para todos, sin distingo, sin discriminaciones, sin excepciones. Como debe ser. De pronto se empina la cajera y dice con cara de compasión:

-Allá el señor de la tercera edad, pase adelante, por favor.

Todos miramos hacia atrás, y la verdad no había ningún viejo en la fila. Nadie gachareto. Nadie con bastón. Nadie tembleque. Volví a mirar a la cajera y entonces sentí que me miraba fijamente. Sentí un estremecimiento de pies a cabeza. Un escalofrío. Una fiebre intensa. Un enrojecimiento de mi piel. Le sostuve la mirada –mirada de quinceañero- y de pronto, un metiche, un sapo, un tal por cual, me dijo despectivamente:

-Es con usted, caballero. Que pase adelante.

-¿Yo?

-Sí, es el único de la tercera edad que hay en la fila.

No supe dónde me quedé. Yo, el hijo de José Ángel y Desideria, el nieto de Cleto Ardila, yo, ¿de la tercera edad?

Como una película pasó por mi mente la historia de mi vida: Brincón en mi infancia, lleno de bríos y serenatero en mi juventud, enérgico y hacedor de versos después. Y una empleada de un banco viene a decirme viejo y a tener preferencias conmigo ¿dizque porque soy de la tercera edad y de pronto me desmayo? La miré con rabia, y pensé no atender su invitación a pasar adelante. Pero me dolían la rodillas y la columna pedía una sentadita y el corazón me daba síntomas de taquicardia, de modo que acepté ir de primero en la fila, pero no por viejo.

Llegué a la casa y le conté a mi mujer lo que me había sucedido en el banco. Pensé que se iba a solidarizar conmigo, pero ella, sintiéndose más joven que yo, me dio, entre risas, la estocada final:

-¿Es que no cree que está viejo?

-A mí me han dicho que la que envejece es la cédula –le respondí con voz temblorosa.

-¿La cédula? Vaya mírese al espejo.

Frente al espejo, quedé anonadado. Al que vi allí en el cristal no era yo. Me negaba a creerlo. Calvo, con bolsitas debajo de los párpados inferiores,  arrugas alrededor de la boca y de los ojos. Como en la canción, murmuré: “Ese no soy yo”. Comparé la imagen del espejo con mi cédula y vi algunas diferencias, ciertamente notorias. Lleno de cabello, sonriente, mejillas rellenas, piel limpia, orejas sin vellitos , mirada plena de alegría y sin los hombros caídos.

Me di cuenta en ese momento que la cédula no había envejecido. Estaba un poco amarillenta, nada más. No lloré por macho. Y porque mi mamá muchas veces me lo había repetido: “No llore, no sea zoco, los hombres no lloran”. Pero ahora me entró la duda: ¿Será que los viejos sí podemos  llorar?

 Hasta que un día vi un video de una viejita que declamaba un poema, el que decía más o menos así: ¿Viejo yo? Viejo es el mar y se agiganta. Viejo es el viento y tumba árboles cuando se emberraca. Viejo es el camino y sube montañas y atraviesa páramos y llega lejos. Vieja es la tierra y gira y sigue girando todos los días y nunca se detiene.

Ahí tomé la más grande determinación de mi vida: Yo soy mar, soy viento. Viejito pero sabroso, dicen por ahí. 

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