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La señora del Carmelo

Jueves, 15 de Julio de 2021
Mañana se celebra en el mundo católico la fiesta de Nuestra Señora del Carmen.

Choferes, pilotos, marinos y arrieros (católicos, por supuesto) llevan por compañera en sus viajes una estampita de la Virgen  en su advocación carmelitana.

La imagen tradicional muestra a la Virgen del Carmen sacando almas del purgatorio para llevarlas al cielo. Ella, como intercesora nuestra ante su Hijo, se encarga de mostrar a los purgados el camino del cielo. (Aclaro: La palabra ´purgados´ en este artículo se refiere a los que ya purgaron sus pecados en el fuego del purgatorio, no a los que se purgan con bebedizos o jarabes para la maleza de estómago).

Los hermanos descarriados no entienden o no quieren entender por qué nosotros veneramos a María, la madre de Jesús. Y de  nada valen los sermones, ni las explicaciones, ni los manuales.

-¿Por qué ustedes adoran a María? –me vivía diciendo una amiga, que después de vieja se cambió de tolda. Yo le explicaba lo que aprendí con los padres eudistas en el seminario de Ocaña: No la adoramos. Sólo adoramos a Dios. A la Virgen María la veneramos y le pedimos que nos eche una manita, una ayudadita con su Hijo, igual que hizo en el famoso matrimonio aquél de Caná. Y su imagen no es un muñeco, como ellos dicen. Es una manera de recordarla, igual que el retrato de nuestra mamá que cargamos en la billetera.

Un día me cansé de escucharle la misma cantaleta y la mandé más allá del Carajo grande. Porque hay varios carajos. Me dijo que ella no necesitaba intercesores para llegar al cielo, que se entendía directamente con Dios. Yo, en cambio, sí necesito una palanca celestial que le diga al oído a  Jesús cuando me llegue el momento: “Mijo, ahí está haciendo cola este amigo. Déjalo entrar de una, que desde niño se ha portado bien. Por ahí ha tenido uno que otro resbalón, pero él va a misa, da limosnas, ayuda al que puede, a nadie le hace daño y ama al prójimo y a la prójima”. Con ese palancazo, estoy seguro de que me darán turno prioritario. “Está bien, madre, dile a Pedro que lo deje entrar, pero con disimulo para que los de la cola no le formen la algarabía: “Epa, haga cola, ¿tiene corona?”

Desde niño me inculcaron la devoción al escapulario y a la Virgen del Carmelo. Cuando tenía siete años, me caí de una mula. Perdón, no me caí. La mula me tumbó. En medio de mis lloros y gritos, con el brazo partido, yo le decía a mi mamá: “Recémosle a la Virgen del Carmen”. Mi mamá no me llevó donde el sobandero, ni donde el ortopedista. Me llevó a la tabla de los santos, en la casa, a pedirle a la Virgen del Carmen que me sanara.  Y entonces luego, el oficio del sobandero fue muy fácil.

Para una fiesta de la Virgen en Las Mercedes, un 16 de julio, hace muchísimos años, cayó un volador a una casa y se prendió el techo de palma y  el fuego se regó y se quemaron otras casas. El cura ordenó sacar la imagen de la Virgen a la calle y allí pedirle que calmara el fuego. Y el fuego se calmó.

Me contaba un amigo que en un atraco le pegaron un tiro en el pecho. El amigo cayó del impacto, pero sano. La bala pegó en el escapulario y la bala resbaló sin hacerle daño. Aunque a los incrédulos les duela, eso se llama Milagro. De la Virgen del Carmen.

  gusgomar@hotmail.com