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Las extintas serenatas

Martes, 10 de Mayo de 2016
Para afianzar romances ya no hay necesidad de desvelarse.

Son contadísimos los románticos que aún pretenden demostrar su afecto en las ventanas de sus seres especiales, bien sean sus pretendidas, novias o mamás. Si las relaciones amorosas entre los jóvenes de hoy son demasiado extrañas, en comparación con los años 70s, hasta finales del siglo pasado, es tonto creer que alguien para seducir a una colegiala o universitaria  contrate un grupo musical para trasnocharse y llevarle a su casa mensajes musicales, para ellos eso es cursi.

Las pocas serenatas que todavía se dan son para la víspera de los compromisos matrimoniales y algunas pocas para los cumpleaños o el día de las progenitoras, como el que se celebró el domingo pasado o el que está pendiente en todo el territorio de nuestro departamento para el 29 de este mes.

Para afianzar romances ya no hay necesidad de desvelarse, caminar con los músicos amigos, muchas veces bajo la lluvia y sufrir las poncheradas de agua y otra cosa que arrojaban los celosos y violentos papás de las amadas.

Ahora todo es tipo exprés. Solo una mirada complaciente, una invitación  a través del whatsapp, y un encuentro furtivo en el motel.

Las cartas en esquela, un papel especial con figuritas alusivas al amor, las  flores, los chocolates y citas en las heladerías y cafeterías, solo hacen parte de las historias que los abuelos de hoy le cuentan a sus nietos.

A propósito de las serenatas, en las que fui protagonista en muchas de ellas, a título personal y para ablandar el corazón de las hermosas quinceañeras que pretendían mis amigos y compañeros de estudio, confieso que actuaba como cantante de boleros y baladas, porque nunca aprendí a tocar la guitarra, hermoso oficio que desempeñaban el profesor Enrique Pino, el ingeniero Luis Alonso Caicedo, el artista Henry Lobo, el abogado Tulio Chichilla( exasesor de Álvaro Uribe Vélez), y el médico Emiro Navarro Castilla.

El repertorio, bastante precario, se limitaba  a las baladas de Raphael, Nino Bravo, Heleno, Palito Ortega, Nicola di Bari, Julio Iglesias y, por supuesto, a los boleros clásicos del trio mexicano Los Panchos.

Fueron muchas las satisfacciones acumuladas, las que empezaban con las luces prendidas y las gracias de las doncellas enpiyamadas, que en el mejor de los casos incluían inocentes besos, pero también algunos sustos y sobresaltos, cuando se escuchaban garraspeos y toces fuertes de los agresivos papás, que a veces obligaban a interrumpir las canciones y a salir corriendo.

El último sábado de este mes, recordaré  con pesar, una de las últimas serenatas que le dediqué a mi mamá, a mi entrañable tía Otilia y a las madres de mis compañeros de la antigua Normal, Hugo Alfredo, Hernando, Luis Eduardo, Jesús Alonso y Óscar Emilio. Cuando terminamos la extensa jornada musical en El Palomar, la claridad del domingo siguiente permitieron leer el cartel que anunciaba el fallecimiento trágico de Moncho Rosso, mi amigo de infancia.

Mi asentamiento en  Medellín y mi matrimonio en esta ciudad, me apartaron de las serenatas, y ahora, de vez en cuando, en fiestas familiares, con las guitarras de mi hermano Augusto y mi hijo Nahún Alejandro, y la compañía de mi primo Wilfredo, interpreto las escasas letras que recuerdo.

La última serenata se la dediqué a mi entonces novia y hoy esposa, Mary, con la guitarra y voz, de Henry Lemus, que murió en un accidente de tránsito.

Las serenatas se acaban, pero de ellas hay tantas cosas por recordar, que darán lugar a muchos textos.