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Las miserias de la guerra

Sábado, 16 de Abril de 2016
Basta con decir que entre 1958 y 2012 murieron 220.000 personas como consecuencia del conflicto armado.

Para los colombianos no puede haber causa más noble y prioritaria que la de la paz. Sus opositores son personas a las cuales la violencia les debe representar utilidades cuantiosas sin importarles el sufrimiento colectivo de la población victimizada.

El Centro Nacional de Memoria Histórica proporciona esta información demostrativa de la crisis de violencia:

“Los desastres que medio siglo de guerra han dejado en Colombia han sido hasta ahora poco visibles. Muertes, destierros, destrucción y profundos dolores humanos son el legado que dejan los actores armados.

“La magnitud de los daños que ha producido el conflicto armado se confunde con las otras múltiples violencias que vive nuestra sociedad. Sin embargo, la guerra ha sido estremecedora, y tanto su larga permanencia entre nosotros como su degradación merecen una reflexión.

Basta con decir que entre 1958 y 2012 murieron 220.000 personas como consecuencia del conflicto armado. Esto equivale a toda la población de una ciudad como Sincelejo o Popayán. Esta cifra también permite confirmar que una de cada tres muertes violentas del país la produce la guerra, y que durante cinco décadas, en promedio, todos los días murieron 11 personas por esta causa.

“Lo más grave es que 180.000 de esos muertos (el 81%) eran civiles. La guerra colombiana no ha sido una guerra de combatientes, sino que todos han enfilado sus fusiles contra quienes están desarmados. A veces de manera colectiva,  con masacres, pero la mayor parte del tiempo de manera selectiva a través de sicarios o comandos que actúan rápido y casi siempre sin dejar huella”.

Ese tejido de las violencias ejercidas por los grupos armados ilegales o los propios agentes del Estado representados en la fuerza pública, es un indicador de la gravedad extrema a que ha llegado el conflicto armado. Por lo tanto, salir de esta tormenta es prioridad principal de la nación.

Pero, claro está, terminar la guerra y superar los estragos que ha generado, impone cambios de profundidad. Hay que desmontar los factores de desigualdad predominantes, sanear el flagelo de la corrupción y consolidar la democracia como brújula de la función pública y en general de la política.

Colombia no puede seguir atrapada en las redes de los grupos que utilizan  el poder en beneficio propio y en perjuicio de la mayoría.

Hay que construir una nación en que la vida tenga una plena dimensión de dignidad y donde las violencias no encuentren rendijas para colarse.

La paz tiene que ser una obra colectiva, como derecho fundamental que es. No hay que buscarle esguinces con leguleyadas intencionales tendientes a ponerles barreras a las negociaciones en curso. Aunque no es fácil salir del túnel, hay que mantener el rumbo en la dirección correcta.

Puntada

El desafío de las bandas criminales no debe llevar al debilitamiento del proceso de paz sino a su fortalecimiento. Es una prueba para el Gobierno en su conjunto, que está llamado a encontrar la salida que más le convenga a la nación.