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“Le compro la caballa”

Martes, 12 de Abril de 2022
El hecho fue leyenda mucho tiempo.

Por eso es que yo digo que debemos leer todos los días las efemérides que, por redes sociales y bajo el título “Una mirada al pasado”, escribe Hugo Espinosa Dávila.  Ayer, por ejemplo, me enteré por su boca, o por su pluma, que era el día de los gitanos, y recordé, de una, cuando los gitanos llegaban a Las Mercedes, en época de fiestas patronales, comprando y vendiendo bestias.

Compraban burros a punto de estirar la pata, caballos esqueléticos , mulas renquerosas,  y en general, animales de carga o de silla, abandonados de Dios y de sus dueños. Los compraban, se los llevaban, y al año siguiente los volvían a traer rejuvenecidos, estrenando dentadura, tirando paso fino y costando diez veces más de lo que les habían costado. “Le cambio la mula por la caballa”, le decían a la gente, en un tonito enredado y simpaticón, y muchos caían en el juego.

Y no era un juego sucio. No eran ladrones, sino jodidos para el negocio. Armaban una carpa en las afueras del pueblo, y desde allí salían los hombres a comprar y vender animales, y las mujeres a adivinar la suerte. Los hombres son buenos jinetes y amansadores de potros. Las mujeres jóvenes son bonitas  y leen la mano con una sonrisa llena de gracia y de coquetería. “Una mujer lo espera a la vuelta del camino”, me dijo una vez una de ellas, y me fui a caminar por cuanta trocha y camino encontraba. No la encontré. Me la vine a conseguir en la calle, al frente de su casa, donde barría en shores y con la cabellera y la sonrisa al viento. Hoy es mi mujer.

Recordé también la familia de gitanos que llegaba a Macondo todos los años, cada vez con un nuevo invento. Melquíades era el gitano mayor, el que arrastraba unos imanes y las ollas y tornillos y tenazas salían corriendo detrás de los lingotes, según el relato de García Márquez.

Melquíades, “un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión”, iba de casa en casa, asombrando a la gente con sus imanes. “Las cosas tienen vida propia –pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima”.

Estudiaba yo en la normal rural de Convención, hace muchísimos años, cuando llegaron unos gitanos que arreglaban ollas, peroles y anafres. Se iban por las fincas paneleras soldando las pailas gigantes donde cocinaban el guarapo de caña para hacer la miel de las panelas. Los hombres gitanos, algunos jóvenes, enamoraban a las muchachas convencionistas y hasta nos quitaban las novias a los estudiantes. Cierta muchacha, de apellido Grecco, contrajo matrimonio con uno de ellos y cuentan que en la ceremonia, según su propio rito, tuvieron que hacerse  incisiones en las muñecas para juntar sus sangres en señal de eterna fidelidad. Juntaban sus brazos y los amarraban durante un rato, herida con herida, sangre con sangre. Yo no lo vi. Pero lo cuenta quien lo vio. El hecho fue leyenda mucho tiempo.

Soy admirador de los gitanos. Me gusta su vida tranquila, descomplicada,  andariegos y sin fronteras.  Llevan su casa a cuestas y en cualquier parte montan la carpa. Son disciplinados. Se acuestan con las aves y se levantan con el sol, de acuerdo con la filosofía oriental.

¿Pero de dónde son los gitanos? ¿De dónde vienen y para dónde van? Huguito, mi asesor de cabecera, no lo dice, pero están regados por todo el mundo. Creo que aún van a Las Mercedes, ofreciendo en su lenguaje enredado: “Le cambio la burra por  la caballa”.

gusgomar@hotmail.com

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