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Lo demás viene solito

Domingo, 15 de Mayo de 2016
La paz interior se halla en la sincronía de la combinación entre las leyes del universo.

A pesar de que no trae dividendos incorporados y, lo peor, se nos hace ingenua y casi ridícula cualquier manifestación de ternura, como la de las flores, o las canciones románticas, que se vuelven semilla en el alma, queda vigente la ilusión de forjar un proceso concertado de amor mutuo -entre el hombre y la naturaleza-, de ser parte de una misión redentora de las intimidades del corazón de los mortales, como en el encuentro del sol y la luna o del mar y su orilla.

La paz interior se halla en la sincronía de la combinación entre las leyes del universo, su reflejo en el comportamiento de la naturaleza y el ser humano en el centro, como resultado del flujo de toda esa magia, para que sea un círculo sin límites visibles, sólo imaginarios, que son agua, que son cielo, que son sol, que son vida o son la bruma de la noche que escapa de un sueño.

Es una armonía entre los contrarios, la luz y la oscuridad, la alegría y la tristeza, la montaña y el llano, y surge en el aroma sabroso de un café que es el signo de una fase espiritual de la esperanza.

(Existe aún la posibilidad de originar los espacios y los tiempos necesarios para renovar esa relación, que se perdió por los extravíos de unos humanos perdidos en la batahola de los desaciertos).

Es imprescindible fusionar, otra vez, al ser con su esencia, restablecer su origen primitivo, orientarlo para que la vida ascienda por los sentimientos y siembre sus virtudes en el alma, después de depositar en el fardo de la basura, la gran cantidad de cosas malas que ocurren cada día.

Cuando los ojos se nutren de todo eso y transfieren al corazón las canciones de esa primavera inscrita en las muestras naturales, hay una señal de dios que vigoriza el tesoro de la vida.

Entonces se abre el camino, escondido en la brecha superficial de la ignorancia, con esa celeste y maravillosa impresión que de niños nos sembraron en el alma y nos llenaba de la deliciosa ingenuidad de ser felices, de mirar con emoción la pureza de un crepúsculo, o una mañana, con el sabor del café en el viento. Lo demás viene solito.