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Los aguinaldos (V)

Los niños hacían gran bullicio mientras hurgaban debajo de sus almohadas, o debajo de la cama o dentro de sus zapatos en busca del regalo del Niño Dios. 

Todo el mundo lucía vestido de estreno. Los niños hacían gran bullicio mientras hurgaban debajo de sus almohadas, o debajo de la cama o dentro de sus zapatos en busca del regalo del Niño Dios. 


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Pronto salió Rosalba de su alcoba. ¡Qué hermosura de mujer! Su traje largo la hacía ver más esbelta. Su cabellera dorada que enmarcaba un rostro blanco y sonrosado era otro de sus atributos. Sus ojos azules despedían como destellos cada vez que la alegría la hacía reir o siquiera sonreír. A decir verdad, una pareja más pareja no se podía dar ya que Armando no desentonaba con la clase y la estampa de Rosalba. 

Se repartió a cada uno de los comensales una copa de vino. Don Tarcisio, el padre de la joven, hizo la acción de gracias e invitó a brindar por todos los bienes recibidos y por recibir de Dios Todopoderoso. El anfitrión había invitado a la mesa a los tres cuidanderos de sus fincas con sus esposas que, como humildes campesinos, se rehusaban, por timidez, a compartir con gente tan elegante. Pero no tardaron en integrarse completamente. 

Una agrupación musical de guitarra, tiple, dos clarinetes y maracas llegó a amenizar el ágape. 


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De todo lo agradable se comentó durante la cena. Pero quien acaparó la atención fue Armando con sus divertidas anécdotas de cuantas peripecias debió de realizar para lograr el triunfo. Le hicieron bromas al muchacho, se rieron a su costa, a lo cual contribuía alegremente Rosalba. Armando, a su turno, se burló de ella, en medio de las carcajadas de todos, por los intentos de ganarle los aguinaldos.

Terminada la cena don Tarcisio dio la orden: ¡Ahora, a bailar! El conjunto musical, que había tocado pasillos y bambucos, se inspiró con un porro para empezar el baile. Luego siguieron merengues, paseos y puyas vallenatas, aires que recién se habían difundido por el territorio nacional. Pero también se recordaron boleros y pasodobles.  Los  boleros eran los apropiados para el acercamiento entre los enamorados, y, por supuesto, Rosalba y Armando no se perdieron de bailar ninguno. Entre pieza y pieza los concurrentes se echaban una copa de champaña, vino o aguardiente. Por eso no sorprendía ver a alguno a las dos de la mañana más templado que un tiple, como decían (para los lectores jóvenes, estar templado significaba estar medio borracho). En aquellas calendas la gente fumaba sin medida en fiestas, tomatas y bailes, y era tal el vicio que no soltaban el cigarrillo ni bailando;  a los señores no les importaba echarle humo en la cara a la dama con la que danzaban. 

Por fortuna, si bien Armando era alegre y desinhibido, ni fumaba ni ingería licor sino solo por un brindis. 

A las cinco de la mañana el festejo terminó. Pero quedaron todos convocados por don Tarcisio para cerrar el ciclo navideño con otro baile para el día de la llegada de los Reyes Magos, que igualmente era otra celebración espectacular religiosa y de parranda. 

Fin. 

orlandoclavijotorrado@yahoo.es
 

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Viernes, 13 de Enero de 2023

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