Los muertos también se aburren

Jueves, 8 de Abril de 2021
Los cementerios algún día tienen que llenarse y es entonces cuando los muertos comienzan a pedir que por favor ya no nos traigan más difuntos que aquí ya no cabe ni un alfiler.

Acabo de leer en este mismo periódico que el  cementerio central de Cúcuta ya colapsó. No le cabe un muerto más. Que las autoridades están pensando muy seriamente en coger con los muertos pa’ otra parte.  

Y es que cuando los cementerios se llenan, suceden cosas insólitas. Sé, por ejemplo, de cementerios tan repletos que en épocas de largas invernadas, la tierra se ablanda, los cadáveres salen y el agua que corre se va llenando de  huesos, calaveras y mechones de pelo.

Hablo de los muertos enterrados en tierra. Con las bóvedas no se da este fenómeno, aunque a veces se ven bóvedas abiertas con el cajón adentro. Nunca me he acercado a verificar si el muerto sigue allí, o se ha ido a dar un vueltón.

Se sabe que hay salteadores de tumbas. Ladrones que buscan muertos enterrados con alhajas, como a veces sucede, o estudiantes de medicina que roban cadáveres para sus estudios de anatomía, a veces con la complicidad del sepulturero, que recibe alguna propina. 

Los cementerios algún día tienen que llenarse y es entonces cuando los muertos comienzan a pedir que por favor ya no nos traigan más difuntos que aquí ya no cabe ni un alfiler. Por eso es que algunas veces se escuchan lamentos como de almas en pena dentro de los cementerios o  se ven luces o se escuchan pasos y carreras. No son espantos, como la gente cree. Son los espíritus de los allí enterrados que claman para que los dejen en paz porque con tanto apretujamiento no se puede disfrutar de la paz eterna, que pedimos en los responsos.

Afortunadamente en los jardines-cementerios tan de moda en los últimos tiempos, las tumbas tienen buen espacio, suficiente para que los muertos vivan  cómodamente hasta el final de sus días, sin tener que vivir robándole espacio al muerto vecino o, al revés, sin tener que soportar invasiones de los muertos recién llegados.

Los creyentes sabemos que el día del Juicio final nos reuniremos todos en el Valle de Josafat, pero mientras tanto, vivos y muertos debemos tratar de vivir lo mejor que se pueda, sin aglomeraciones, sin tumultos y sin pisarnos los callos los unos a los otros.

Cuando en Las Mercedes se saturó el cementerio, situado a un lado del camino de herradura que conducía a Sardinata, los vecinos, ubicados en el sector de  Rancho’ecartón, decían que veían figuras vestidas de negro fosforescente, que saltaban la cerca de alambre y se regaban camino abajo y camino arriba, a descansar tal vez de las coyunturas o a estirar un poco los huesos. Y que antes de la aurora regresaban a meterse en sus estrechas sepulturas. O quizás se aburrían y se daban sus anchas en noches de luna llena. Porque los muertos también se aburren de estar encerrados, como marido en cuarentena. Cuando al párroco le fueron con el chisme, pensó que había llegado el momento de cambiar de cementerio y abrió uno nuevo, con mayores comodidades de espacio y de pago.

En algunos pueblos de antes, había dos cementerios: el de los católicos que morían en gracia de Dios, con absolución y santos óleos incluidos, y otro cementerio para los suicidas, ateos y practicantes de otras religiones. Parece que tan odiosa discriminación ya no se usa.

Volviendo al comienzo, nuestro famoso cementerio central, donde hay familiares y amigos muy queridos, ya no va más. Pero que no lo cierren. Que podamos ir a visitar seres queridos y a ponerle velas al Mico y a otros que resultan después de muertos haciendo los milagros que no hicieron en vida. 

gusgomar@hotmail.com