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Migrantes y peregrinos
Cuando un niño tenía doce años, su familia santa de migrantes va a la fiesta anual de Pascua.
Domingo, 20 de Septiembre de 2015

Cuando un niño tenía doce años, su familia santa de migrantes va a la fiesta anual de Pascua. Son José y María, devotos, caminantes, sujetos al destino, a los imponderables de cualquier viaje. Una familia como tantas, que se abrigaba en la esperanza de asentarse, finalmente, y edificarse en una vivencia bendita y resignada.

Al regresar, no se dan cuenta de que Jesús no está con ellos, creen que va jugando en la caravana: ¡aún no se percataban de su misión! Esperaron un día, con algo de impaciencia y, luego, decidieron averiguar entre los parientes: qué desespero les produjo no hallarlo; se devolvieron a Jerusalén, a  buscarlo allí.

Una dura prueba de la vida, como todo, la que debieron afrontar los padres peregrinos, aceptando sumisamente la dureza de unas condiciones que a veces no se entienden, porque son indicios que, incluso, pueden considerarse señales, de aquello que la divinidad tiene dispuesto.

Y lo encontraron, en el templo, realizando su misión, discutiendo con los doctores de la ley, pero no comprendían claramente. ¿Hubo desobediencia en Jesús hacia sus padres? Quizá no lo entendemos nosotros, pero él sí: -“¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que tengo que estar en la casa de mi Padre?-”.

Juicioso y amoroso, decidió postergarlo todo a su justo momento y volvió a Nazareth, a compartir con su familia los días deliciosos de la infancia.

Este episodio de migrantes, el ejemplo de la sagrada familia, representa elementos paralelos de nuestra peregrinación por el mundo; un misterio, por supuesto, que enaltece los pasos y los dolores del camino pero, también, la alegría de llegar, de sentir que se cumple la voluntad de Dios y que las cosas valieron la pena. Se refiere, además, al respeto por la tradición y a las costumbres, la experiencia del hogar y las mejores nociones de convivencia, para sentir que la fortaleza del señor se plasma en el amor, así como el de un niño que aceptó con mansedumbre su destino en la siembra del amor familiar, en la obediencia y los modelos de sacrificio requeridos para ir hacia el tiempo.

Entonces piensa uno en los migrantes, vigentes en todas partes, ausentes de la solidaridad y el afecto de sus congéneres. Sólo les queda la fe.

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