Nostalgia rojinegra

Lunes, 3 de Mayo de 2021
Al doctor Rosendo Cáceres Durán.

El anhelo de los muchachos de antes era ir al General los domingos, cada quince días, a las 3:30 pm: una tradición de mística y honor que cultivábamos en el corazón, sin ínfulas, ni prendas costosas, sólo con el deseo de ver vibrar la camiseta original roja y negra, partida por mitades.

Al equipo motilón lo vimos muchos años, en el vetusto General Santander, cuando era de un piso y, ya remodelado, en sus jornadas de gloria o en las largas tardes del descenso, alentándolo en su brega por ascender.

Así era y, desde que llegábamos -antecitos- a La Manino, nos alentaban los ventarrones arenosos y los comentarios de los locutores que brotaban de un transistor panela pegado a la oreja.

Nos daban ganas de aliviar el calor sofocante con habas, maíz, maní de Gardel, o chicharrón y boje con agua de panela, para prepararnos para la emoción esplendorosa de cantar los goles.

Y de saludar a los amigos en el medio tiempo, abajo, al lado de la malla, con un papelón de colores, y conversar -de todo- en nuestra casa-estadio. De regreso, con una paleta en la mano, hablábamos del partido y de nuestros ídolos, o de los pronósticos que le esperaban, afuera, la siguiente semana.

Todo era simple, no sabíamos de copas europeas, sino de nuestro amor por el Cúcuta Deportivo, con el que crecimos arropados de costumbres ancestrales, con aroma de familia y un orgullo que encendía la pasión alegre y parroquiana de aquellos hinchas precoces, plenos de ilusiones.